Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Nuestro Hitler

Está demostrado que los colombiano solamente tienen tolerancia frente a la intolerancia.

No de otra manera se explica que no se haya armado un escándalo con el descubrimiento de que Alejandro Ordóñez, además de ultracatólico, ultraderechista, homofóbico, antiabortista, militarista a ultranza, perseguidor de sus contradictores, es antisemita y negacionista del holocausto en el que murieron seis millones de judíos por cuenta de Hitler y sus secuaces.

De no haber sido porque Héctor Abad le hizo en Blu Radio la pregunta a Ordóñez, sobre si al igual que los obispos lefebvristas —fe que él abraza y anhela que lo hagamos el resto de los mortales— él también compartía la opinión de que los asesinatos de la maquinaria nazi contra los judíos eran un invento, no nos habríamos enterado de esta otra faceta siniestra del malévolo jefe del ministerio público. Y gracias también a que Daniel Coronell en su columna de Semana desempolvó viejos documentos (http://www.semana.com/opinion/articulo/la-herencia-del-nazi/341362-3), nos hemos enterado de las cercanías de Ordóñez con un reconocido grupo antisemita conocido como Tercera Fuerza y su indeseable promotor, un tal Armando Valenzuela.

Hoy, Ordóñez muy orondo continúa sin responder la pregunta que le formulara Abad, no obstante que ya se conoce un comunicado de la comunidad judía, en el que con razón reclama un pronunciamiento inmediato y contundente del procurador. Esa pregunta es fácil de responder para quien tenga la convicción de que el holocausto fue el más grande horror de que se tenga noticia en la historia de la humanidad; empero, para las almas torvas ese interrogante es un desafío imposible. Por eso Ordóñez no ha respondido, y es probable que nunca lo haga, a menos que sienta el peso de una opinión pública —nacional e internacional— que no está dispuesta a que el vocero de la sociedad patrocine la impostura de negar el exterminio de los nazis a los judíos.

De haber ocurrido esta misma historia a otro procurador de un país civilizado, habría tenido que renunciar o al menos excusarse públicamente por el desafío a la decencia y a la historia, que implica negar las muertes de los seis millones de judíos en la segunda guerra mundial. Para no ir muy lejos, es preciso recordar lo que le pasó al obispo católico inglés Richard Nelson Williamson, consagrado por monseñor Lefebvre, el mismo que sigue y adora Ordóñez. Williamson se hizo tristemente célebre cuando en febrero de 2009 negó ante la televisión sueca que los nazis hubieran utilizado cámaras de gas para perpetrar el genocidio judío. El escándalo fue mundial y las consecuencias no se hicieron esperar, pues fue inmediatamente suspendido de la dirección del seminario en La Reja, Provincia de Buenos Aires, y luego expulsado fulminantemente de la Argentina, donde aún hoy se tramita en su contra una querella penal por apología del delito. Antes de esto, ya Juan Pablo II lo había suspendido como sacerdote y obispo, pero la mano cómplice del papa Benedicto XVI atemperó el rigor de la sanción, que en todo caso sigue vigente así sea parcialmente.

Pero aquí en Colombia se pueden decir esas atrocidades y otras del mismo calado sangriento y criminal, como la que soltó Fernando Londoño —el “Héroe de Invercolsa”, amo y señor en la Procuraduría y contertulio de Ordóñez— al lamentar la desaparición del jefe de las autodefensas Carlos Castaño. Tan grave es la cosa, que todavía hay unos insensatos que creen que el Ordóñez antisemita no sólo puede seguir siendo procurador, sino además convertirse en presidente de la República.

Adenda. Indignación y repudio al alevoso atentado contra el valeroso y pulcro periodista Ricardo Calderón. Es evidente que hay gentes muy poderosas incómodas y asustadas con las contundentes investigaciones periodísticas de Calderón.

Ramiro Bejarano / [email protected]

 

 

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