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Piedad Bonnett 4 Mayo 2013 - 11:00 pm

Los dueños de la moral

Piedad Bonnett

La moral católica nos enseñó a avergonzarnos del cuerpo, a latigarlo. La desnudez siempre fue mirada con recelo por la Iglesia, incluso en el arte.

Por: Piedad Bonnett
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Famoso es el caso de Biaggio de Cesena, maestro de ceremonias de Pablo III, quien al ver las figuras desnudas que pintara Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, opinó que eran más propias de una taberna o de un baño público que de un recinto sagrado y sugirió borrarlas. Aunque el papa, un hombre ilustrado, se burló de él, en los tiempos de Pío V se ordenó cubrir todos los genitales, tarea que fue hecha por Daniele de Volterra, llamado por eso el pintacalzones.

Durante mucho tiempo se impidió a las mujeres entrar a los templos con los brazos desnudos y se ocultaba a los niños todo lo relacionado con la sexualidad. A los adolescentes se les sigue diciendo que la masturbación es un pecado y el encuentro sexual es considerado por muchos católicos apenas como un instrumento de procreación y es visto con horror cuando produce placer. Que lo diga el senador Gerlein, enemigo de los fines “recreativos” de lo que él llama sexo “inane”. Pero, además, la Iglesia católica ha contribuido a la discriminación, contradiciendo aquello del amor al prójimo predicado por el cristianismo verdadero: durante años se repudió a los llamados hijos naturales y se despreció a sus madres, tachándolas de pecadoras. A los suicidas se les enterraba sin rezos en sitios alejados. A los homosexuales, todavía hoy, se los mira como aberrados, sucios, pecadores. El aborto también es condenado, aun en casos de violación y abuso. En fin, una rigidez implacable gobierna su moral, inoculada generalmente a los creyentes a través de la educación. Otras religiones predican leyes semejantes e incluso más implacables, pero me concentro en la Iglesia católica porque es la que rige la fe de la mayoría de los colombianos.

Michael Haneke, el director de cine austriaco, en La cinta blanca, muestra los horrores que engendra una ambigua severidad puritana en un pueblo que de pronto se carga de violencia y se pregunta si ese terror al cuerpo no estaría en los orígenes de las dos guerras mundiales y el nazismo. Y es que lo que anida como represión en una sociedad, de pronto revienta encarnado en unos sujetos que se erigen en jueces absolutos de la moral. Pienso en esto cuando leo sobre Juancho Prada, el paramilitar que impuso su ley en Cesar y Norte de Santander, y cuyo ejército privado prohibía a los novios besarse en la calle y a las mujeres usar escotes o minifaldas, y daba latigazos a las prostitutas y castigaba a los muchachos de pelo largo. Este señor feudal dice a la Fiscalía, sin mosquearse: “La orden que yo había dado era que mataran a la guerrilla, a los colaboradores de la guerrilla, a los cuatreros y a la delincuencia común, a las sectas satánicas, a los vendedores de vicio, a los violadores y a todos los que hicieran daño a la sociedad”. Lo atroz: hombres como Juancho Prada son el producto extremo, criminal, de la derecha pura, legitimada inconscientemente por quienes, desde ciertas instancias del poder, luchan de forma encarnizada contra todo lo que no encaja en su mentalidad puritana. Saben ustedes de quiénes hablo.

 

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