Por: María Elvira Bonilla

El riesgo de la verdad

Nadie mejor que Ricardo Calderón entiende el sentido y compromiso profundo del periodismo de investigación.

Desde hace 18 años trabaja discretamente en la revista Semana, donde se inició como sencillo reportero de deportes recién egresado de la Universidad de La Sabana. Allí descubrió su vocación y pasión: investigar. Desentrañar información necesaria para los intereses de la sociedad, que se pretende mantener oculta para favorecer intereses particulares, generalmente oscuros. Y revelarla con valor y contundencia, como lo hizo con la parapolítica y luego con el famoso informe de las chuzadas del DAS, en el que puso al descubierto la aberrante manera como actuaba, desde la propia Presidencia de la República, la máquina del autoritarismo totalitario para encubrir felonías de Estado. Gracias a esta investigación, la justicia terminó mandando a la cárcel a altos funcionarios del gobierno de Álvaro Uribe, y la exdirectora de la institución, María del Pilar Hurtado, huyendo para evadir su responsabilidad y la acción penal, protegida por las autoridades panameñas.

Calderón incursionó luego, y de qué manera, en un campo minado: el del intocable estamento militar. Hace dos años publicó su primer artículo, “Tolemaida resort”, donde desnudó la corrupción campante en la guarnición militar de Girardot, permitida por la laxitud en el cumplimiento de las medidas carcelarias que convertían la detención de los militares condenados por crímenes, muchos de ellos atroces, en un verdadero relajo lleno de privilegios, con el que exmilitares condenados pagaban su castigo mientras continuaban devengando su salario y acumulando tiempo para la pensión especial que tienen todos los militares. En ese entonces, el único resultado fueron las conocidas exclamaciones de rechazo por parte de las autoridades militares y el compromiso a realizar una “exhaustiva indagación”, una que otra sanción disciplinaria y remoción de cargos directivos en el penal.

Calderón sabía que esto era sólo el comienzo y siguió en su empeño hasta demostrar, con nuevas denuncias que publicó hace poco en Semana, que los privilegios e irregularidades continuaban. Y con descaro. Las escandalosas revelaciones, donde puede estar el origen del atentado, obligaron a los superiores militares a tomar medidas más drásticas, en contravía de lo habitual en esas instancias donde consideran que los “héroes de la patria” tienen derecho a un tratamiento excepcional, así estén condenados por desapariciones forzadas, torturas, falsos positivos.

Los dos trabajos de periodismo investigativo fueron premiados y en ambos casos Ricardo Calderón se abstuvo de subir al estrado a recibirlos, para no romper su pacto con la discreción. Rehúye las apariciones públicas, pocos lo conocen. No se deja tentar por las mieles del poder y sus trampas para cazar arribistas; procura preservar su independencia, necesaria para su tarea de aclarar hechos delictivos que comprometen no sólo a entidades del Estado sino a la sociedad en general. Perseverancia y obstinación que muy seguramente lo llevarán a ser el investigador del atentado del que se salvó porque no lo quisieron matar, hasta descubrir a sus verdugos.

Se trata, pues, de un gran profesional, escaso en nuestro medio y absolutamente indispensable para una democracia tan vulnerable como la colombiana, que no termina de consolidarse y donde campean la indolencia y la complicidad amiguista para tapar verdades.

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