Por: Santiago Montenegro

Cuba no cumple

La política exterior de Colombia parece haber entrado en una senda de incoherencias.

Durante décadas, y aprovechando muy hábilmente su papel de país de tamaño medio, Colombia terció entre las disputas y contradicciones de los dos grandes del continente —Brasil y México— y obtuvo una relevancia más que proporcional con el tamaño de su economía o de su población. Basta recordar el protagonismo de Alberto Lleras en la creación de la Alianza para el Progreso y la creación del Banco Interamericano de Desarrollo; o las secretarías de la OEA del mismo Lleras y de César Gaviria; o la creación del Pacto Andino por parte de Carlos Lleras Restrepo; o el papel de López Michelsen para el acuerdo Torrijos-Carter que garantizó la devolución del Canal de Panamá por parte de los Estados Unidos a los propios panameños, o la presidencia del BID de Luis Alberto Moreno. Fue un papel que le permitió a Colombia interactuar con América Latina y, al mismo tiempo, mantener una relación especial con los Estados Unidos, país que nos ayudó con la creación del Pacto Internacional del Café y sus cláusulas económicas, nos dio acceso privilegiado a los recursos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en épocas de crisis y, más recientemente, nos ayudó con el Plan Colombia y con la lucha contra el narcotráfico. Pero la relación especial con los Estados Unidos no impidió una excelente relación con líderes nacionalistas y reformistas, como la de Alberto Lleras con Juscelino Kubitschek, o la de López Michelsen con Omar Torrijos, o la de Carlos Lleras con Eduardo Frei.

Al tiempo que reportó beneficios económicos e influencia política en el continente, la política exterior privilegió la relación con países que creían en la democracia liberal. Hoy en día, no se entiende para dónde va la política exterior del país. Es incomprensible el entusiasmo que ha mostrado Colombia en la promoción de la llamada Celac, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, un organismo que en teoría fue creado para promover la integración y la cooperación regional, pero que, en la práctica, es un bloque definido por la oposición a los Estados Unidos y a la OEA. Esta entidad está presidida por Raúl Castro, a quien, al entregarle la presidencia de la Celac y sin temblarle la voz, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, le recordó que, entre sus funciones, está defender “la democracia y las libertades...”. ¿Qué diría Alberto Lleras al ver que su país apoya que un autócrata y dictador represente a América Latina y el Caribe frente al resto del mundo? Es, igualmente, difícil de entender la mudez de Colombia con relación a las irregularidades de la elección de Maduro, el apresurado arropamiento que le prestó en la reunión de Lima y el silencio frente a las agresiones físicas a la oposición en el Congreso de Venezuela. Se ha dicho que este pragmatismo de nuestra diplomacia es un costo que es necesario pagar como parte de un acuerdo con Cuba, un país que es más que mediador y facilitador en las negociaciones de paz. Pero, si es así, Cuba no parece estar cumpliendo su parte del acuerdo, pues, según Humberto de la Calle, el proceso de negociación con las Farc no avanza. Los que sí avanzan son los hermanos Castro, quienes en el otoño de sus vidas están cosechando los mayores triunfos internacionales de su dictadura sempiterna.

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