Por: Juan David Ochoa

Impunidades

De nuevo los dilemas retóricos, la ironía humillante, la paradoja irrisoria y ofensiva.

Ante el debate sobre la posible participación de las Farc en política, salen  los mil defensores de la dignidad estatal a gruñir con aureolas sacras, con pavoneos solemnes,  argumentando el derrumbe de la dignidad nacional y de sus suelos, repitiendo que la institucionalidad se pierde poco a poco en las licencias o en las concesiones del estado, y en la ofensa que sugiere un dialogo que avanza hacia los esperpentos de la impunidad. 

Resulta irónico y curioso. Y lo curioso no proviene justa y mayoritariamente de un ataque a un proceso obligatorio y necesario, que por necesidad y por obligación debe tener, entre sus arduos pasos de malabarista, el mutuo reconocimiento de las fuerzas y la mutua interacción  de concesiones ( porque no hay otra intención en las Farc distinta a la participación activa entre los nuevos rumbos políticos. Porque fue la única razón para acceder al diálogo), sino de la ironía insultante de los mismos defensores indignos del bando oficial, que parecen convencidos de representar a un estado inmaculado y justo.

Ya sabemos suficientemente bien que la guerra ha sido sádica y abyecta, como lo fueron las versiones infinitas de la guerra entre la larga historia. Y sabemos también que los métodos enfermos de una guerrilla perdida en el tiempo y en la insensatez, hicieron de un país de espanto una putrefacción asqueante. Y que las victimas están en el centro del tiempo presionando por respuestas. Y que ni aun unas condenas ejemplares repararán tanto suplicio. 

Pero que ahora no vengan los defensores atemporales del estado a fungir sobre una pose honrosa. Que no vengan ahora a alardear con sus discursos de moral y rectitud, porque saben también, tras bambalinas, mejor que todos los testigos, que la palabra impunidad también los juzga y los señala desde el día en que la infamia se tragó toda esta historia.

Deberían saber que fue tan aberrante el estallido de las bombas indiscriminadas como lo fue la consecuencia histórica y directa de Laureano Gómez, el fanático conservador de las antiguas “virtudes” que inició los terroríficos círculos del odio. Deberían saber que la siniestra toma de Mitú fue similar al genocidio de un partido entero entre la década de los 90, con la complicidad abierta de las fuerzas del orden. Deberían entrever la oscura relación que existe entre el reclutamiento forzoso de menores y el fusilamiento clandestino de indígenas o campesinos como muestras de trofeo en las prolongaciones de la podredumbre. Deberían saber que fue tan despreciable la masificación de los secuestros lucrativos del mórbido Jojoy como lo fue la astronómica estafa del programa A.I.S entre las manos del mezquino Arias. 

El tiempo ha sido largo y tenebroso, y ha sido suficiente para revelar la sobreexcitación criminal de los dos bandos. Ahora tendrán que concederse el reconocimiento de la culpa y de la mutua impunidad, y deberán firmar, porque lo obliga el siglo, el pacto de no agresión sobre un país en ruinas.

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