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Julio César Londoño 10 Mayo 2013 - 11:00 pm

Del ‘spleen’ al ‘spray’

Julio César Londoño

La curva del optimismo tuvo su punto más alto en el siglo XIX. Razones no faltaban: ruedan por el suelo las cabezas de los reyes y el mundo encuentra al fin la fórmula política perfecta: la democracia.

Por: Julio César Londoño
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Robert Owen empieza a soñar con un mundo socialista. Maltrechas por los golpes recibidos en el Siglo de las Luces, la tiranía y la superstición dan tumbos lamentables. Las guerras religiosas del XVI y el XVII son sólo un mal recuerdo. Súbitamente, el mundo multiplica por diez su velocidad: el tren deja atrás la parsimonia de milenios de caminantes, caballos y barcos. Maxwell hace la primera unificación de campos (electricidad y magnetismo) en cuatro austeras

ecuaciones. Con los cielos y la Tierra girando bajo la batuta de Newton, y los seres vivos dóciles a la voz de Darwin, la ciencia delira, empieza a “soñar con el plano completo del laberinto” y rumba el positivismo. Las máquinas de vapor y los engranajes de la Revolución Industrial tejen, muelen, imprimen, perforan, hierven, cosen, cocinan, cosechan, aran, navegan, tiñen, alzan, empujan, transportan. Se construyen las primeras redes de alcantarillado. Víctor Hugo recobra la fe en la humanidad al ver cómo baja el analfabetismo y aumentan los tirajes de los libros y los diarios. Entonces se tranquiliza, mira la noche y ve “el universo-hidra retorciendo su cuerpo escamado de astros”.

Hay voces disidentes, claro, aguafiestas que insisten en ver demonios en las almas, spleen en los corazones, problemas sociales en cada esquina, fisuras hondas en el racionalismo. Dickens, Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche rezongan en prosa, y los poetas, los malditos y los románticos, se niegan a sumarse al coro del himno a la alegría.

La curva optimista cae en picada en el XX: se suceden dos guerras mundiales. Con un estilo límpido, Kafka traza retratos muy ácidos del burócrata, el militar, el abogado, el banquero, la familia y el educador. El principio de incertidumbre, la teoría del caos y el teorema de Gödel dan al traste con las pretensiones del determinismo. El positivismo pierde fieles y protones, y cede el lugar a la “ciencia irónica”, una pitonisa modesta que vaticina que ya no podrá vaticinar. El socialismo florece y muere. Desde los años 70 la ecología hace parte de todos los programas políticos, pero pesa muy poco. El Estado de bienestar es enterrado en los años 80 por una inglesa simple y un actor de segunda. La plutocracia campea. No funcionan la escuela, el matrimonio, la democracia ni el neoliberalismo, pero no sabemos con qué reemplazarlos.

El ánimo de los analistas en este arranque del XXI es aún más pesimista. Pese a todo, yo entrecierro los ojos y adivino una luz al final del túnel, así tema en el fondo que ni siquiera haya túnel. Para darme ánimos, he listado los avances que hemos logrado en los últimos tiempos. Sé, por ejemplo, que el vestido, la alimentación, los combustibles y la vivienda han bajado de manera sostenida y considerable en el mundo en los últimos dos siglos. Sé que, con excepción de una docena de países, entre los que se encuentra Colombia, el índice Gini sigue descendiendo en todas partes. Sé que, comparado con el promedio de 1955, el terrícola gana hoy tres veces más dinero, come un tercio más de calorías, entierra un tercio menos de sus hijos y espera vivir un tercio más de vida.

¿Vivimos mejor que ayer? El balance total es difícil porque son muchas las variables a considerar (entre ellas hay varias refractarias a la cuantificación). Ignoro si esta lista feliz me la dicta Matt Ridley (El optimista racional, Taurus, 2010) o si obedece a un afán de ecuanimidad, o es sólo un reflejo del instinto de conservación, un espejismo inventado por mis fantasmas y mis miedos.

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