Foro El Espectador y Colombia 2020: La inclusión y la educación, pilares para la paz

hace 3 horas
Por: María Elvira Samper

Ciegas, sordas y cortas de seso

Como más del 60% de los entrevistados en las encuestas más recientes, apoyo el proceso de paz que adelantan el Gobierno y las Farc en La Habana.

Y lo apoyo por varias razones: porque los hechos son tozudos y, según la Escuela de Paz de Barcelona, en los últimos 50 años los conflictos internos en numerosos países han terminado mediante una negociación en el 80,9% de los casos y sólo el 19,1% por la victoria militar del Estado sobre los rebeldes; porque más de cuatro décadas de guerra interna y la realidad política de América Latina indican que la violencia como vía para acceder al poder fue derrotada y que las Farc no podrán tomárselo por las armas; porque en un país con graves problemas sociales, como el nuestro, resulta obsceno —aborrecible o repugnante— destinar cada vez más recursos a la guerra en detrimento de proyectos para la construcción de una sociedad más equitativa y justa, y porque es irracional persistir en un enfrentamiento que ha dejado un inútil saldo trágico de muertos, viudas y huérfanos, familias y comunidades destrozadas, discapacitados y/o incapacitados por las minas, desplazados...
Sobran razones para apoyar un nuevo intento de acuerdo político para que las Farc abandonen el uso de las armas y se reintegren a la sociedad para defender sus ideas dentro de los cauces democráticos, pero confieso que mi pesimismo ha ido subiendo y que veo lejana la posibilidad de que la mesa de La Habana llegue a puerto seguro. De ahí que con frecuencia tenga que atarme al mástil, como Ulises, para no dejarme seducir por los cantos de quienes se oponen al diálogo. Al fin y al cabo, es mucho más fácil criticar que defender un proceso sobre el cual aún ronda el fantasma del Caguán, pues los argumentos radicales, sin matices, encuentran tierra fértil en la gradería de la opinión, más proclive a comportarse como los hinchas del fútbol que a la reflexión. Y en esta dinámica antidiálogo sí que ayudan las arrogantes declaraciones de los voceros de la guerrilla: son abono que nutre los argumentos de quienes, con fines electorales, le apuestan al fracaso de las conversaciones.
En su infinita soberbia —el valor antidemocrático por excelencia, dice Savater—, las Farc sobrevaloran su capacidad. No dan señales de haber aprendido la lección del Caguán —su mayor derrota política—, ni la que dejaron los ocho años del gobierno Uribe —su derrota militar estratégica—. Ciegas —y nadie mejor que Santrich, el más pugnaz y cínico de sus voceros, como símbolo de su ceguera—, no ven que el tiempo y la paciencia se agotan. Sordas, no oyen los reclamos de las víctimas y el clamor de los colombianos hastiados de la guerra. Y cortas de seso, no han entendido que tal vez esta sea la última oportunidad en que la sociedad esté dispuesta a mostrarse generosa, siempre y cuando se bajen de la nube y, como actores del conflicto, reconozcan a las víctimas y su responsabilidad en todos los horrores y el dolor que han causado. Porque las Farc son, sobre todo, un grupo de victimarios, no una organización de víctimas.
Se equivocan al despreciar las leyes y las normas del derecho internacional y de los derechos humanos, y si aspiran a participar en la política deben aterrizar y entrar en sintonía con la opinión mayoritaria de los colombianos, pues esa posibilidad depende, en últimas, de su aval en las urnas. El palo no está para cucharas y al paso que van, y aun si se llega a la firma de un acuerdo, puede suceder, como en Guatemala, que los votantes se pronuncien por el NO. Seguiremos entonces en guerra y los jefes serán perseguidos sin cuartel y morirán bajo el fuego de las balas, la explosión de una bomba o, si bien les va, de infarto, como Tirofijo. Será otra oportunidad malversada y hacia el futuro, más muertos y víctimas inútiles. Ciegas, sordas, cortas de entendederas son las Farc.

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