Por: Piedad Bonnett

Humano en tamaño pequeño

El laboratorio del espíritu no es un lugar esotérico.

 Es un centro comunitario rural cuyo equipo de trabajo tiene fe en “el enorme potencial de los campesinos y en las posibilidades que pueden encontrar a través del afecto, de la lectura y de la íntima exploración de sí mismos y del mundo en su escritura”. Queda en Antioquia, en la vereda Pantanillo, y también brinda a los lugareños talleres de tejido, de origami, de encuadernación, y les enseña a manejar huertas caseras.

Su director es Javier Naranjo, un poeta con una enorme vocación de maestro, que hace ya más de 20 años se ingenió un juego para que sus alumnos, niños entre los cuatro y los 12 años, expresaran su mundo a través de las palabras. Usando las que él llama “suscitativas”, les pedía definiciones. Y entre las que surgieron hubo tantas tan originales, tan graciosas, tan absurdas, que Javier tuvo la buena idea de hacer un libro. Desde entonces y hasta hoy, Casa de las estrellas lleva ya cuatro ediciones, en distintos sellos. La última, presentada en la pasada Feria del Libro de Bogotá, es hermosísima. Las ilustraciones son de José Antonio Suárez, uno de nuestros mejores dibujantes, y el diseño, exquisito, de su hermano Miguel. Yo, que cada vez que leo este libro me río y me asombro, escribí para él un pequeño prólogo.

Decía Simone de Beauvoir que un adulto es un niño inflado por la edad. Uno de los pequeños de Casa de las estrellas piensa algo parecido, pero en positivo: “Un adulto es un niño que ha crecido mucho”. Ojalá fuera cierto, y en cada uno de nosotros siguiera habitando el niño que fuimos. Pero perdemos el don del juego, de la espontaneidad, del asombro. Nos volvemos adustos y a veces autoritarios, y en buena parte dejamos de entender el mundo infantil. Eso parece entenderlo bien Andrés Felipe, de ocho años, que dice que adulto es “persona que en toda cosa que hable, primero ella”.

Con su lógica extraña los niños crean magníficas extravagancias. Pero también poesía: uno define el agua como “transparencia que se puede tomar”. Otro dice del cielo que es “donde sale el día”. Y otro más del tiempo que “es algo que corre en nosotros”. No falta la mentecita pragmática que opina que sol “es lo que seca la ropa”. Todo el mundo de sus afectos y de sus miedos se ve reflejado aquí: uno dice que soledad “es lo que le da a la mamá”, otro que matrimonio “es lo peor del mundo” y uno más que muerte “es un dolor para mí, porque a mí me da miedo dejar a mi mamá solita; porque allá pelean mucho con cuchillos en mi casa”. De la realidad de fuera dicen lo que ven, sin ambages, a veces seguramente influidos por los padres. Para Luis Alberto, un campesino es el que “no tiene ni casa ni plata. Solamente sus hijos” y, para Pepino, dinero “es el fruto del trabajo pero hay casos especiales”. Y en cuanto a Dios, las opiniones están divididas: para Edison “es una persona muy fuerte porque aguanta muchas cosas de todos los cristianos”, mientras para Sebastián, “Dios está muerto en el cielo”. Natalia Bueno, de siete años, parece tenerlo claro: Iglesia es “donde uno va a perdonar a Dios”. Ay, los niños.

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