Por: Alfredo Molano Bravo

Laura Montoya, la madre

Entre lágrimas y gemidos de la feligresía en Roma, que busca ver al nuevo papa, y una muchedumbre mística que en Jericó, Antioquia, visita la casa donde nació, será hoy declarada santa la madre Laura Montoya Upegui. Un acontecimiento que tendrá moqueando a las beatas de atrio en atrio por todo el país.

 No sé qué será ser santo —santa en este caso—, porque siempre me han olido a cirio, incienso y penumbra. Y a mentira, si se mira el calendario del Almanaque Bristol, que para cada día trae tres o cuatro nombres de santos a quienes nadie reza ni nada les pide. Por ejemplo, a san Alfredo, 12 de enero. Consulté con mis altas fuentes teológicas y quedé en las mismas. Una persona que hace milagros, me dijo una; un pisco cuyas virtudes son mayores que sus vicios, me dijo otra. Y así. Hasta que topé al propio: “Un ser humano cuya vida interior ha sido tomada por la divinidad, o, si usted quiere —agregó conociendo mi escepticismo—, por lo sagrado”. ¿Y cómo se llega ahí?, insistí. Por el sacrificio, la renuncia, el sufrimiento. Sí, dije volviendo a la carga, pero todo el mundo sufre, ¿acaso no estamos en un “valle de lágrimas”? “Pero no todos sufrimos a conciencia y menos aceptamos el sufrimiento”, me respondió lacónico y hasta irritado. Sufrimiento voluntario... El adjetivo me quedó sonando. La voluntad es sin duda el secreto de la santidad. Un santo —una santa, como en el caso de la madre Laura— que dejó de ser una maestra de escuela de Amalfi, de donde eran los Castaño y Monoleche y muchos de ellos, para meterse en cuerpo y alma en Dabeiba, un pueblo que nadie sabía dónde quedaba, a servir —otra palabra clave en la investigación— a los indios emberas. Y lo hizo viajando a pie o a caballo desde Medellín; comiendo lo que hubiera y durmiendo donde fuera. Laura Montoya, como se llamaba en ese tiempo, era, según ella —y lo comprobamos en las fotos— una mujer de ojos bonitos, cuyo nombre se deriva de laurel, la única planta a la que no le caen los rayos. (De ahí “corona de laurel”). Dabeiba era y es un territorio indígena atravesado por la llamada Carretera al Mar, nombre además de una novela de Tulio Bayer, que cambiaba el rumbo de la colonización paisa del sur —el Viejo Caldas— por el norte —el Urabá antioqueño—. Se diría que la Madre Laura se adelantó a su tiempo, o mejor, al devastador sueño de los negociantes de tierra que buscaban valorizar a golpes de hacha la salida al mar por el golfo de Urabá. La madre sufría por los indígenas, condenados por la civilización al infierno del hambre física y espiritual. Luchó porque los indios tuvieran derecho a la salvación y por esa causa se volvió misionera. No discuto lo de la salvación, sino la causa del derecho a ella.

Contra el parecer de obispos y arzobispos, de gobernadores y alcaldes, de terratenientes y gamonales, se hizo de hecho una jaibaná, como llaman a los brujos y caciques emberas. Acompañada de otras “señoritas” de Medellín fundó la orden que el obispo de Medellín hizo llamar de Santa Catalina de Siena, una santa que nada tenía que ver con la obra fundada por Laura Montoya.

Yo no sé si la madre tenía méritos para ser santa, y menos si ha hecho milagros. Lo que sí sé, porque lo he visto, es que las Lauritas, las hermanas de la orden, viven en los lugares más lejanos de la “civilización”, comparten el hambre de su gente y, lo que es aún más meritorio, sus luchas. Me consta que andan a pie o en mula, que echan remo en curiara por los ríos y que el Ejército las señala como colaboradoras de las guerrillas. Acusación que ellas sufren en silencio.

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