Por: Piedad Bonnett

¿Te llegaron los libros?

El cartero comienza a ser una figura legendaria, que se extingue. Muchos recordamos todavía esos hombres uniformados que llegaban hasta nuestra puerta en bicicleta y hacían sonar su timbre o su silbato.

Algunas películas se valieron de ellos para dramatizar amores o historias de hermanos lejanos y de madres separadas de sus hijos, pero la que mejor recordamos es la del postino que llevaba el correo a Neruda en una película italiana que se basó en la novela Ardiente paciencia de Antonio Skármeta. La versión romántica de la vida añora las cartas escritas a mano que esos carteros entregaban, con caligrafías que hablaban de la personalidad de sus emisarios, y que muchas veces guardábamos como tesoros. Yo misma tengo algunas: de amores adolescentes, de algún bisabuelo, de amigos poetas hoy desaparecidos.

Nadie podrá negar que esas misivas que duraban a veces semanas desplazándose y llegaban cargadas de estampillas de otros países y mostrando el maltrato de las distintas manipulaciones, tenían más encanto que los correos que llegan hoy a nuestros aparatos, por estimulantes que sean sus contenidos. Pero no hay que caer en mistificaciones. Por bella que sea esa realidad que desaparece, resulta mucho más eficaz el correo cibernético; y también hay algo de misterioso y apasionante, por qué no, en el hecho de escribir a Serbia o a Finlandia y recibir contestación inmediata de semejantes latitudes. Además, lo mismo sufre hoy una mujer a quien su amado se demora tres días en contestarle un email, que la muchacha de hace medio siglo que esperaba la carta amorosa con el corazón acelerado cada vez que oía el silbato del cartero.

Y sin embargo, como dice la propaganda actual de un banco, ¿por qué tener posibilidades limitadas? En otras palabras, ¿por qué no tener varias opciones? Y no hablo, precisamente, de añoranzas románticas. Resulta que a veces queremos enviar a alguien unas fotocopias, un manuscrito, un documento valioso o un libro. Si el envío es dentro del país podemos confiar plenamente: hoy en día hay en Colombia correos seguros y efectivos, que por precios muy cómodos se encargan de entregar a nuestros destinatarios, en cuestión de horas, casi todo lo que se nos ocurre. Pero no pensemos en hacer lo mismo hacia el exterior, porque empiezan las dificultades. Si uno quiere remitir a otro país algo que aprecia, no se le puede ocurrir enviarlo por correo “normal”. La posibilidad de que se pierda es altísima. Y lo mismo pasa a la hora de recibirlos: en los tres últimos meses he constatado, con tristeza, que dos libros que me enviaron —uno de Perú, otro de España— se perdieron por el camino. Habrá entonces que recurrir a un correo express, con gran dolor del bolsillo. Enviar unas notas autenticadas, para las universidades que así lo exigen todavía, puede costar 50 dólares. Y no se diga un libro —que hace unos años se enviaba de forma segura y barata—: puede costar hoy tres veces su precio. Razones habrá. Pero es triste, sobre todo para los que seguimos amando el papel. La realidad virtual imponiéndose también en este caso sobre la realidad real.

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