Por: Armando Montenegro

Hoy como ayer

A primera vista Colombia no se queda muy atrás en la competencia del ego inflado.

Si Argentina tiene papa, nuestro país ya tiene santa; si ellos se lucen con Messi, nosotros lo hacemos con Falcao; si los porteños tienen a la reina Máxima, una beldad de origen colombiano se casó con un príncipe de Mónaco.

Los gobernantes de ambos países también han ganado réditos acercándose a sus estrellas. La señora Kirchner, a pesar de sus ya conocidas diferencias, voló a Roma y posó tanto como pudo al lado del papa que habla porteño, hincha del San Lorenzo. Y el presidente Santos no se perdió la canonización de su santa; conversó y se fotografió con el romano pontífice y viajó a Jericó a abrazar a muchas monjas.

Como es legítimo, los políticos no hacen estas aproximaciones únicamente por emoción patriótica y fervor religioso. Los observadores argentinos han anotado que con los excesos de piedad y las muestras de satisfacción con el papa argentino, Cristina Fernández trata de congraciarse con los millones de católicos que están felices con Francisco, muchos de los cuales no comparten las políticas del kirchnerismo y sufren por el caos económico y ético que éstas han generado.

De las hábiles gestiones del presidente Santos en el Vaticano sabemos que obtuvo resultados favorables a la principal iniciativa de su gobierno. Logró, ni más ni menos, que el papa apoyara el proceso de paz en Colombia (en un contexto diametralmente diferente, este es un logro comparable al de los reyes que hacían que el papa bendijera a sus ejércitos antes de salir a liquidar a sus enemigos, quienes, por lo general, eran cristianos). De ahora en adelante, el Gobierno podrá enfatizar ante los colombianos que el concepto del papa sobre la paz prevalece sobre el de Uribe o el de cualquiera de los amigos de la guerra.

Pero en política tampoco hay almuerzo gratis. Todo tiene su precio. Tanto en Colombia como en Argentina se libran recias luchas jurídicas y parlamentarias en temas como el aborto y el matrimonio gay, en la cuales la Iglesia católica mantiene rígidas posiciones doctrinarias. Debido a los favores recibidos, el Gobierno no se sentirá cómodo controvirtiendo las posiciones eclesiásticas y, posiblemente, no utilizará su capacidad parlamentaria para defender temas que pudieran ofender a los prelados.

Se podría prever, por lo tanto, que el Gobierno no apoyará o se mantendrá neutral en cada ocasión en que se debatan temas muy cercanos a las libertades individuales en los cuales exista el riesgo de pisar los callos de los jerarcas de la Iglesia (y los del señor procurador general de la Nación, una autoridad en la materia). Si bien este puede ser un paso contrario a la laicización de la sociedad colombiana, ordenado por la Constitución de 1991, los defensores del Gobierno dirán que es un costo que se debe pagar para conseguir la ansiada paz de Colombia.

Los más escépticos afirmarán que esto ya estaba sucediendo. Sostendrán que el Gobierno, antes de la canonización, por su deliberada neutralidad, dejó que muriera el proyecto de ley que permitía el matrimonio entre homosexuales.

En conclusión, hoy, como en casi toda la historia de Colombia, la opinión del papa sigue siendo central en los debates de la política doméstica. Y, en particular, ya se percibe el anunciado impacto de un papa argentino sobre la vida de los países latinoamericanos.

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