Por: Rodrigo Uprimny

¡Consumidores de todos los países, uníos!

El derrumbe de una fábrica que ocasionó la muerte de centenas de trabajadoras en Bangladesh suscita preguntas trascendentales, como bien lo mostró Cesar Rodríguez en su última columna.

La globalización ha hecho que la ropa producida en una factoría como la de Bangladesh se distribuya y consuma en otros países. Debido a esta desconexión entre los lugares de producción y consumo, los trabajadores representan hoy para el capital internacional un costo y nada más.

La actual situación es, pues, muy diferente del régimen de crecimiento de Europa y Estados Unidos entre 1945 y 1975, que algunos llamaron “fordista” y que se caracterizó por mejoras de las condiciones de trabajo y aumentos constantes del salario real. Esta modalidad de desarrollo, que permitió avances sociales muy significativos, se debió no sólo a factores políticos, como los éxitos de las luchas sindicales, sino también a que el mejoramiento de los salarios resultaba finalmente útil para la economía y los empresarios, pues hacía que los trabajadores fueran también los consumidores de lo que se producía, reduciendo los riesgos de crisis y recesión.

La globalización liquidó ese círculo virtuoso, pues la ropa producida en Bangladesh es consumida en otras partes. El capital no tiene entonces hoy interés económico en mejorar las condiciones de sus trabajadores, pues estos no son los consumidores de sus productos.

Pero, además, la globalización económica no se ha acompañado de una correspondiente globalización jurídica humanitaria (o ésta es muy precaria); el capital circula hoy internacionalmente sin muchos controles, pues las regulaciones protectoras del trabajo siguen siendo esencialmente nacionales y las empresas las eluden migrando de un país a otro. Los empresarios pueden entonces, con relativa impunidad, aprovecharse de condiciones de trabajo terribles, como las que llevaron a la muerte de esas mujeres en Bangladesh.

¿Cómo enfrentar esta situación? Es obvio que debemos seguir luchando para que existan regulaciones internacionales y nacionales que intenten, en forma concertada, prevenir y sancionar estos abusos de las empresas multinacionales. Pero tanto para lograr esos avances jurídicos como para asegurar su eficacia parece igualmente necesaria una intensa movilización social y política. ¿Pero de quiénes?

En 1848, Marx consideró que la salida era la solidaridad internacional obrera y por ello el Manifiesto del Partido Comunista termina con su célebre llamado: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

Esa solidaridad trabajadora sigue siendo necesaria. Pero hoy existe tal vez una alternativa complementaria. Y es que se desarrolle un movimiento global de consumidores, que asumamos el compromiso de sólo comprar productos elaborados en condiciones de trabajo decente, a pesar de que sean más costosos. Y que saboteemos a las empresas que desconozcan esos estándares laborales. Hoy parece entonces indispensable un nuevo llamado: “¡Consumidores de todos los países, uníos!”.

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