Por: Alfredo Molano Bravo

Calle obispo

Bajo un sol canicular, en la calle obispo de La Habana Vieja, la vida pasa, la gente pasa. Pasa y pasa. Pasa la rubia esplendorosa y la morena garbosa; la vieja que a duras penas pasa y el morocho de músculos lleno.

Negros de malecón, cucurucheros de maní, voceadores de Granma, policías de gris, militares de verde oliva, agentes secretos y agentes de seguridad; monjas de blanco, enfermeras de blanco; señoras respingadas, señoritas, arrepentidas unas, felices otras. Pasa el embolador, el pastelero; las putas y los putos. Un bajista y un trompetista con la sordina en la mano. Un timbalero, un tamborero, un tabaquero. Una mujer con emblemas, una loca de rojo, un pordiosero, un basurero. El alemán rojo de sol y de ron; el italiano con su moreno, el español con su morena, el francés con su acento. Pasan, pasan. Pasan sin afán o con afán, da igual. Pasa el bailador, pasa el embaucador, pasa el escritor de poemas que nadie lee. Pasa la viuda de turbante, el buscador rebuscando, el sindicalista de boina sin estrella; el chocolatero y el carpintero. Unos van, otros vienen, da igual. Pasa el cambiador de moneda, el vendedor de tabaco falsificado, el pordiosero, el funcionario de corbata azul, el alto empleado calvo, el general, el cardenal, el licenciado, el diplomado, la ama de llaves y el ama sin llaves, el barbero, la manicurista, pasan uno a uno, una a una, uno a una. Pasan, pasan. No miran, no ven, no hablan. Pasan niños de coche y niñas de trenzas al viento. Pasa el profesor barrigón y la maestra sin tetas. Pasan aretes con mujeres, pasan tatuajes con marineros. Nada pasa, la vida pasa.

Una enorme rata colorada salta de una alcantarilla a la calle, se trepa a la acera. Una mujer virgen da un grito, un hombre grande trata de aplastarla con su bota de doble suela; la rata salta, salta la gente. Se arremolina, corren sin saber a donde, sin saber por qué. Una mujer tira su cartera a la calle, el chelista deja su chelo. La rata salta, la gente salta. Un barrendero la persigue con su escoba, un bombero con su paraguas. La rata salta. Vuelve a saltar, la muerte la persigue a zapatazo limpio. Busca otra alcantarilla, busca un rincón, busca una esquina. Se escapa, pasa un reja y otra reja de la escuela de pioneros José Martí. Los infantes y las infantas estaban en clase de gramática. La maestra grita. Las niñas se suben las faldas; los niños se suben a los pupitres, la maestra escala el escritorio. Se acaba la clase, salen niños y niñas y maestra y rector en tropel a la calle obispo. La rata colorada queda sola en la escuela; sale a la acera, mira a un lado, mira al otro. La calle está desierta. Paso a paso vuelve a su alcantarilla. La gente no pasa.

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