Por: Aldo Cívico

El coraje de decirle la verdad al poder

Me encuentro en Italia, en donde me alcanzó la noticia del atentado frustrado contra los analistas políticos León Valencia, Ariel Ávila y Gonzalo Guillén.

La noticia de que alguien había ordenado el asesinato de los tres analistas, muy pronto se hizo eco en los Estados Unidos y Europa, en donde sus trabajos son bien conocidos y apreciados.

La noticia fue aún más alarmante debido al reciente atentado contra el periodista de la revista Semana Ricardo Calderón. Estas son señales que preocupan a muchos dentro y fuera de Colombia.

Los recientes acontecimientos no sólo ponen de relieve las restricciones que todavía existen en Colombia con respecto a la libertad de opinión y de expresión, y cómo la violencia sigue siendo parte del manejo de la política y del poder, sino que resaltan también cuán necesario es el trabajo de periodistas y analistas independientes para concientizar a la sociedad colombiana sobre el verdadero cáncer de la democracia: la corrupción endémica que está asentada en la relación entre política y mafia.

De hecho, ¿qué representan las investigaciones adelantadas por León Valencia, Ariel Ávila y Gonzalo Guillén en todos estos años, sino el grito de “¡El rey está desnudo! ¡El rey está desnudo!”? ¿No representan el rompimiento de un tabú, del silencio de una mafiosa omertá que cubre el secreto a voces sobre las relaciones entre políticos y paramilitares, entre políticos y narcotraficantes?

¡Y es claro que esta forma de periodismo molesta! Porque no solamente fastidia a los mafiosos y a los corruptos, que necesitan la complicidad del silencio y de la indiferencia de todos para poder atender impertérritos a sus intereses y a sus negocios. Sino que también nos molesta a todos, porque nos sacude de nuestra indiferencia soporífera y nos obliga a abrir los ojos y a mirar en el abismo de nuestra realidad, a sus lados más oscuros e inquietantes. Porque una vez que somos conscientes, una vez que no podemos negar que sabemos quiénes son los políticos mafiosos, nuestra indiferencia, nuestro silencio y nuestro voto a los corruptos nos hacen cómplices en la perpetuación del sistema de corrupción que mortifica a la democracia colombiana.

Reflexionando sobre la práctica griega de la parrhesia, Michel Foucault definió el discurso libre y valiente como el discurso que es dirigido desde abajo hacia arriba. Es el discurso que le dice la verdad al poder, y que por eso tiene que ser pronunciado con coraje, debe ejercitar la crítica y ser dictado por la obligación de decir la verdad. Como lo ha demostrado la historia de este periódico, en Colombia ha sido el periodismo el que muchas veces ha jugado de manera fundamental el papel del perro guardián de la democracia, ladrando con fuerza contra los corruptos y los mafiosos.

Entonces, la noticia del frustrado atentado a León Valencia, Ariel Ávila y Gonzalo Guillén no solamente nos recuerda los grandes desafíos que la democracia colombiana enfrenta, sino también que la democracia no se construye sin coraje y sin decirle la verdad al poder; y estas son cualidades que no pueden pertenecer solamente a unos analistas.

 

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