Por: Andrés Hoyos

Buenaventura

Hace muchos años que no voy a Buenaventura y ello quizá debido a que ninguno de los caminos que conducen a Roma pasa por allí. Recuerdo la elegancia del Hotel Estación en medio de un entorno urbano catastrófico y poco más.

Escarbar el nombre de “Buenaventura” en los archivos de prensa trae un sinfín de títulos espantosos: asesinatos, guerrilla, paramilitares, narcotráfico, bandas criminales, políticos corruptos que se suceden uno a otro, ley de quiebras, lluvia perenne y un desempleo que nunca ha bajado del 50% y que solía rozar la cifra casi increíble de 80%. The Book of Lists # 2, de Irving Wallace et al., publicado en 1980, enumera las peores ciudades del mundo y, para vergüenza nuestra, Buenaventura aparece de primera, por encima de lugares proverbialmente odiosos como Lagos, Nigeria.

Al mismo tiempo y desde que tengo memoria, Buenaventura es el principal puerto del país. ¿Cómo puede nuestro principal puerto estar envuelto en semejante calamidad? La pregunta de Varguitas —¿en qué momento se jodió Buenaventura?— no parece tener en este caso una respuesta contundente. Dicho de otro modo, yo tampoco sé por qué ha sido tan difícil inyectarle un poquito de esperanza, optimismo y prosperidad a Buenaventura, pero creo que el dilema es urgente ahora que el Pacífico se ha vuelto tan importante. Especulando, pensaría que allí impera el síndrome de Haití, según el cual cuando un país o una ciudad descienden demasiado por debajo de la línea de salvación, se vuelven resistentes a los tratamientos habituales que sacan a otros del hoyo. Al igual que un organismo biológico cuyo sistema inmunológico está dañado, una ciudad por el estilo de Buenaventura puede padecer todos los males justamente porque carece de defensas. En un lugar como ése los peores prevalecen y los mejores salen corriendo. Agreguemos que no ayuda para nada el aislamiento causado por la naturaleza agreste del Pacífico con sus 7.600 milímetros de lluvia anuales.

Primero en Buenaventura funcionaba mal lo único que había: el puerto gestionado por el Estado. Arreglar aquello —más mal que bien— tomó diez años. Los jubilados de Colpuertos, muchos de los cuales salieron ricos por cuenta de liquidaciones de legalidad en extremo dudosa, se fueron a vivir a otra parte por si las dudas. Privatizado el puerto de un modo que tampoco salvó a Buenaventura, saltó a la vista que lo otro que funcionaba muy mal era la carretera hacia el resto del país. Ya para 1998 se habló de construir la doble calzada Buga-Buenaventura según especificaciones internacionales. Los diseños acumularon polvo hasta que el 12 de abril de 2006 una avalancha se llevó entre muertos y desaparecidos a más de 50 personas. El gobierno del momento, muy de acuerdo con su retórica, dijo que ahora sí era urgente construir la dichosa carretera. Vino entonces la contratación desastrosa tan usual en la época y hoy nadie garantiza que estos escasos 50 kilómetros de doble calzada estén listos antes del año entrante, si es que lo están. Así, la obra vial pendiente más importante de Colombia habrá tomado por lo menos 15 años en hacerse.

A juzgar por todo lo anterior, Buenaventura requiere tratamientos especiales seguramente heterodoxos, aplicados durante largo tiempo, al igual que el Chocó. Eso sí, sabremos que vivimos en un país viable cuando problemas como el de Buenaventura se encuentren camino a la solución. Antes no.

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