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Julio César Londoño 24 Mayo 2013 - 10:58 pm

Las peroratas de Fernando Vallejo

Julio César Londoño

Alfaguara acaba de publicar Peroratas, una compilación de las conferencias que Fernando Vallejo ha escupido en las capitales del mundo, en las ferias y universidades que lo invitan para llenarle de oro la boca y, de paso, para que despierte con sus furiosas cantaletas a los auditorios adormilados por algún erudito casposo.

Por: Julio César Londoño
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En estas páginas vuelve a tronar contra las religiones, Gabo, la reproducción, la evolución, su señora madre, la poesía moderna y el narrador omnisciente, una deidad literaria que no puede soportar.

A Rufino José Cuervo, en cambio, le dedica dos artículos llenos de admiración. Sobre el santo filólogo vuelca todo el amor que tiene encañengado, el que no han podido absorber por completo los animales cuya suerte desvela a este san Francisco en versión energúmena. Vallejo adora a Cuervo por esa pasión delirante por el castellano que lo llevó a llenar miles de fichas con minuciosos apuntes sobre “la construcción y el régimen” —pasión, digámoslo ya, que no produjo una sola reflexión filosófica o estética sobre el lenguaje. Cuervo fue sólo un aplicado notario de la lengua. Vallejo, el notario del notario.

En la página 154 confiesa que nunca quiso ser bombero ni aviador sino “un hombre bien malo: Papa. Me ponía las batas de mi mamá y unos zapatos rojos y me sentaba así, travestido de mujer, como el Papa, en el espejo del tocador para soñar que estaba en el trono de San Pedro y me empolvaba la cara como un sepulcro blanqueado, como el Papa, y echaba bendiciones urbi et orbi con una soltura como de firma de notario”.

En el ensayo La verdad y los géneros narrativos, Vallejo arremete contra su molino de viento favorito, el narrador en tercera persona, imparte una erudita lección sobre el diálogo en estilo directo y la aparición de la primera persona en la literatura, y nos asesta parrafadas de Heródoto, Tucídides, Homero, Petronio, Apuleyo… para demostrar que él también puede ser tan jarto como cualquier doctor en letras si se lo propone (estos prestigiosos párrafos los tomó de Logoi, la preceptiva babélica de 544 páginas que Vallejo escribió hace 30 años en las siete lenguas que le son íntimas).

Hay también afirmaciones memorables, claro. “Wojtyla va por el mundo predicando contra el condón y el homosexualismo en todas las lenguas que le sopla la paloma políglota del Espíritu Santo”. “Los griegos adoptaron el alfabeto de los fenicios” (es decir, “el pueblo rojo”, esos comerciantes que tuvieron la divina audacia de inventar la escritura fonética). “La teoría de la evolución es una tautología pretenciosa” (se refiere al mecanismo de la selección natural, ese himno al más fuerte que no tiene pierde, si descartamos algunos deslices, v. gr. los dinosaurios). “La vida es un azar que viene de los pantanos y va hacia la nada”.

Al Quijote, “el personaje más deslumbrante y hermoso de la literatura”, le canta una serenata casi tan estremecida como la que le dedica a Cuervo. Hay un poema en prosa al amor de su vida, a la que amó más que a todos los animales, muchachos, idiomas y libros juntos. La historia de este romance se llama Los impensados caminos del amor, la ponencia con que nos sorprendió a todos en el Encuentro Iberoamericano de Escritores “El amor y la palabra” (2000) y su protagonista es Bruja, una perra gran danés que ya está muerta, como cuadra a todos los grandes amores.

En este libro Vallejo vuelve a demostrar que el ensayo no es lo suyo. Su elemento es la novela, un género donde caben su furia, su incontinencia, su desorden, sus constantes digresiones y su prosa de vértigo. El ensayo requiere un mínimo de orden. El ensayista debe ser ecuánime (o parecerlo) y corregir y descartar algunos párrafos, ejercicios que Vallejo no hará jamás.

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