Por: Diana Castro Benetti

Contagio

Cargamos nuestras creencias de principio a fin. Nos aferramos a ellas como tabla de salvación y desalojarlas cuesta sangre y pudor. Creencias sobre la vida, la muerte, la política y el amor.

Creencias para el más allá o sobre el poder, el dinero y el país. Creencias de ayer que modelan los pasos cotidianos y que obligan unas decisiones y no otras hasta delinear un destino y no otro.

Hacerse responsable de las creencias que asumimos es tarea para los verdaderos guerreros. Querer indagar en los supuestos y los convencimientos que abogamos es un oficio de plomeros, cirujanos, enterradores y magos. Implica la honestidad y un grado de franqueza inaudito. Es desnudarse sin más. Es despellejar la identidad y la verdad porque llegar a comprender que somos el producto de lo impuesto por otros que nos han precedido requiere calmar el carrusel de ideas, aceptar y matar los prejuicios y, más que todo, implica observar el marasmo emocional que se deriva de saber que, del otro lado, hay alguien con igual derecho a su verdad y a su creencia.

Hay que respirar aún más profundo cuando la ideología se atraviesa o la conciencia de un mundo mejor se instala para ser dictadura. Pero respirar profundo puede no ser suficiente. Requiere de inteligencia y acción cotidiana para cazar el lugar desde el que hablamos y opinamos. Requiere de serenidad emocional para aceptar que la propia creencia, llámese budismo, islamismo, catolicismo, comunismo, yoga, política, desarrollo, progreso, arte, ateísmo, no es sino un prisma parcial y particular. Cada quien se hace a su bandera, se viste con ella y va deambulando, predicando su verdad como si fuera única.

Observar con desapego aquello a lo que nos hemos adherido es una vía para aumentar la perspectiva, ver el paisaje y eludir los fanatismos y las intolerancias. Ir más allá de las fronteras requiere valor, pero no aquel coraje del conquistador que domina su nuevo territorio sino la audacia de quien acoge el silencio, observando, para abrirle paso a las múltiples voces y ser consciente de su propia limitación cultural. En una sociedad sorda y gritona, bajarle el volumen a las creencias es la única vía para un camino de paz y ver si, al fin, como membranas porosas, podemos vivir sin matarnos y abrirnos al contagio de lo que los otros son.

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