Por: Julio Carrizosa Umaña

Reconstrucción, restauración y reconciliación

Ojalá el Gobierno y las Farc incluyan la restauración de los ecosistemas en la “reconstrucción” del campo que ya acordaron.

Pocos políticos y economistas aceptan que los ecosistemas se deterioran, menos son aquellos que se dan cuenta de que ese deterioro influye en la productividad agropecuaria y en la competitividad de los productos del campo. No ha servido de mucho que incluyan el “capital natural” en algunos modelos; la mayoría piensa que con “innovaciones tecnológicas” en la producción se resuelven todos los problemas de cambios en el clima, de inundaciones, de erosión, de pérdida de fertilidad, de salinización, de compactación, de contaminación de los suelos, de surgimiento de plagas, etc., o sea que aquellos productores más “robustos” en lo financiero siempre pueden reemplazar el patrimonio ecológico mediante la adopción de paquetes tecnológicos refinados.

Los ecólogos admiten la necesidad de ese “capital financiero”, pero difieren en la forma como debe usarse; para ellos es posible restaurar los ecosistemas para mantener su productividad, pero las técnicas para hacerlo deben definirse teniendo en cuenta sus estructuras y funcionamientos y esa definición debe ser integral, no es suficiente mejorar únicamente los suelos con más fertilizantes o asegurar la provisión de agua construyendo represas, es necesario que el ecosistema se reestructure y cumpla todas sus funciones.

El surgimiento de plagas inesperadas en algunos cultivos que han cumplido con todas las practicas agronómicas recomendadas por los especialistas, el fracaso total de los intentos de cultivo masivo de frutales de clima templado, las dificultades para mantener altas productividades de café sin sombrío, las inundaciones de distritos de riego, la salinización de sus suelos, la baja productividad de las praderas con pastos importados, son algunas de los resultados de esas aproximaciones técnicas que tratan de simplificar los ecosistemas para adaptarlos a los paquetes tecnológicos en lugar de hacer lo contrario.

A lo anterior, que ya ha sucedido en muchos países tropicales, se agregan en Colombia las circunstancias especiales correspondientes a la extrema complejidad del conjunto de ecosistemas, más de 300, que interactúan en nuestro territorio y la debilidad actual de las sociedades rurales que tratan de enfrentar esa complejidad todavía en medio de la violencia, de la corrupción y del narcotráfico que alimenta ambas plagas.

La buena noticia es que la restauración de los ecosistemas no puede hacerse sin organizar dos procesos benéficos para el país: el aumento de la investigación en el campo y la participación activa de cientos de miles de jóvenes hoy desempleados. Se trata de un proceso intenso en conocimiento y en mano de obra, ideal para establecer ámbitos de reconciliación.

 

* Julio Carrizosa Umaña

 

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