Por: Rodrigo Lara

Los incidentes no gobiernan, se gobiernan

El presidente Santos capoteó bien la crisis con Venezuela que se suscitó tras su reunión con Henrique Capriles.

 La acalorada reacción del gobierno Maduro no tuvo eco en la Cancillería colombiana, que prefirió dejar de lado los micrófonos y concentrarse en los serenos canales diplomáticos.

Napoleón Bonaparte dijo en alguna ocasión que “la susceptibilidad de los gobiernos acusa su debilidad”. En efecto, las acusaciones de Venezuela contra el gobierno colombiano surgen de lo inseguro y precario de su propia situación y por el incierto futuro de su régimen.

Desde el punto de vista de Caracas, el discurso del complot y de la amenaza externa pareciera la mejor estrategia para defender su frágil posición doméstica.

La política exterior de Venezuela es hoy más defensiva que agresiva. El gobierno venezolano lucha por sobrevivir a un explosivo coctel de legitimidad cuestionada, penurias por escasez de productos básicos e irreconciliables luchas intestinas de poder. Todas las energías del régimen están dedicadas a afianzar su poder en una Venezuela exhausta, que pocas fuerzas tiene en la actualidad para amenazar la estabilidad de nuestro país o de cualquier otro vecino.

Es grotesca la exigencia esquizoide de la oposición uribista y de sus candidatos presidenciales necesitados de votos, de que se instrumente una agresiva política exterior que haga retroceder la expansión del socialismo del siglo XXI. Este irracional discurso anticastrista resulta útil y tentador en período preelectoral, aún sin importar que nadie dentro del uribismo (excepto unos pocos iluminados) esté realmente convencido de su propia retórica.

Colombia no es el dique continental de contención al socialismo venezolano y cubano como lo pretende agitar el uribismo para descalificar la política exterior colombiana; idea que quiso vender el expresidente Uribe en su momento para despertar la simpatía de los colombianos y de los Estados Unidos con su frustrada segunda reelección.

Después de 17 años de revolución bolivariana, es menester concluir que la versión del socialismo venezolano (con aroma cubano), no tuvo acogida en el continente. Los gobiernos de izquierda (excepto Bolivia y Nicaragua) optaron por una especie de soterrado antichavismo en su política interior y por una política exterior más de “no alineados” que de bloque socialista a imagen de lo que vivió el mundo en la época de la Guerra Fría.

El gobierno colombiano acierta en su manejo de las relaciones con Venezuela. De nada sirve alborotar el avispero. Los incidentes no deben gobernar nuestra política exterior; por el contrario, le corresponde a la política exterior colombiana gobernar los incidentes entre los dos países, que se seguirán presentando a la par de la progresiva erosión del gobierno de Nicolás Maduro.

 

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