Por: Arlene B. Tickner

Más allá de Orwell

La filtración de información, por parte de un exagente de la CIA, sobre la iniciativa Prism de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, va mucho más allá de lo que George Orwell vaticinó en su libro 1984.

 Se trata de un programa que permite vigilar todos los contenidos de las compañías de internet más grandes de ese país, incluyendo Apple, Facebook, Google, Microsoft, Skype y Youtube, y que junto con el monitoreo de conversaciones telefónicas comprueba la existencia de un sistema masivo y sistemático de vigilancia para monitorear a ciudadanos y extranjeros. Un Gran Hermano panóptico de alcance global que en palabras del presidente Barack Obama, quien tuvo que ofrecer explicaciones al respecto, constituye una “modesta intrusión en la vida privada que nos permite prevenir los ataques terroristas”.

La afirmación de Obama de que “no se puede tener un 100% de seguridad y también un 100% de privacidad y cero incomodidad” refleja el antiguo y falso dilema entre la seguridad y la libertad, y el peso apropiado de cada una en la vida de los seres humanos. Mientras que algunos afirman que priorizar las políticas de seguridad del Estado restringe indeseablemente la libertad, otros argumentan que la seguridad exige sacrificar algunos derechos individuales, en especial la libertad y la privacidad. Después del 11-S se impuso incluso la idea de que el costo de vivir sin miedo (a un ataque terrorista) era la restricción, por no decir violación, de derechos constitucionales básicos como el hábeas corpus.

Ambas posiciones reflejan la convicción generalizada de que existe una relación inversamente proporcional o de suma cero entre estos dos elementos. Peor aún, al plantear el debate en términos de una dicotomía, como tienden a hacerlo los voceros de los estados, la mayoría de las personas son llevadas a priorizar la seguridad por encima de la libertad/privacidad, ya que al ser descrita como una cuestión de “vida o muerte” termina considerándose más urgente e importante.

En lugar de opciones mutuamente excluyentes, seguridad y libertad/privacidad deben entenderse en función de una dependencia mutua cuyos efectivos positivos o negativos dependen de las políticas específicas que se adoptan. Por ejemplo, limitar la observación y difusión de pornografía infantil en internet puede ayudar a garantizar la seguridad de los niños. En cambio, la restricción draconiana de derechos individuales en China no se traduce en mejorías de todo tipo de seguridad. Puede que haya menos delitos y homicidios, pero el riesgo de ser encarcelado injustamente es mayor. A su vez, plantear la seguridad nacional en términos existenciales que “justifican” la adopción de medidas extraordinarias como el secretismo, reduce la libertad al eliminar el derecho de los ciudadanos de ejercer veeduría sobre lo que hacen sus representantes.

Tal vez en anticipación del debate infructuoso que veía venir, en 1755 Benjamín Franklin proclamó: “Aquellos que cederían su libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni su libertad ni su seguridad”. Aunque el mundo actual es bien distinto y, algunos argumentarían, mucho más “peligroso”, haríamos bien en recordar que los individuos merecemos ser tanto libres como seguros. Un Estado de vigilancia que hace uso extensivo del secreto para monitorear cada uno de nuestros pasos es el antídoto de ambos objetivos.

Buscar columnista