Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El salvavidas

Nos metieron en la azarosa aventura de la revocatoria del alcalde Petro, y como van las cosas parece que será peor el remedio que la enfermedad.

Empiezo por decir que tampoco estoy satisfecho con todo lo que ha pasado durante la alcaldía de Petro, pero ni por esas estaré de acuerdo con esta emboscada institucional de la que es probable que terminemos arrepentidos. El desespero de las gentes ha llevado a muchos bogotanos a creer que tumbando al alcalde se enderezará el rumbo de la ciudad. Y a mi juicio, están todos equivocados.

Lo primero que no han visto quienes están promoviendo esta desgastante empresa revocatoria es que, sea que revoquen o no a Petro, en ambos casos saldrá ganando política y personalmente. De entrada se casaron con la hipótesis de que el alcalde caerá vencido, y me parece que sólo han considerado la hipótesis de que ganará la opción de que se largue, y no la de que se quede.

Si tuviera que irse, muy pronto la oleada de opinión sentirá compasión por su retiro, porque tumbar a Petro es un mensaje odioso y de notoria represalia con quienes han estado alzados en armas. Lo que quedará para la historia es que un vocero de la derecha criolla logró la audacia de derrotar en las urnas un proyecto político que, mal que bien, había ganado en franca lid su derecho a gobernar la ciudad. Es un poco revivir esa fastidiosa jornada del fraude electoral, por cuenta del cual —no se nos olvide— el establecimiento le robó las elecciones al dictador Rojas Pinilla y creó las condiciones para que naciera el M-19, el temido movimiento insurgente que sembró de violencia el país, hasta en la misma plaza de Bolívar con su demencial asalto del Palacio de Justicia en noviembre de 1985.

Revocar a Petro parecerá lo que es: una venganza, y en el ánimo colectivo nunca esas cosas resultan menores. En efecto, los promotores de esta campaña no podrán explicar cómo fue que nunca contemplaron revocar al antecesor de Petro, con todo y lo que se rumoraba acerca de lo que estaba pasando con el carrusel de la contratación. ¿Por qué a quien estaba sindicado de corrupción no lo pusieron a tambalear con una revocatoria, pero ahora sí han puesto entre los palos a un burgomaestre de quien nadie ha dicho que se está robando un peso? La diferencia radica en que Petro fue guerrillero, mientras que Samuel Moreno en últimas es un delfín más de los que cultiva esta fauna política de la democracia hereditaria.

Lo otro que quedaría patentado, de triunfar la revocatoria, es un procedimiento expedito pero desleal para que quienes pierdan unas elecciones expulsen del cargo a su contradictor político, lo que sería un despropósito. La finalidad de revocar un mandato popular no es esa, sino la de proporcionarle un mecanismo a quienes ganaron las elecciones para sacar del empleo a ese gobernante inepto o incumplidor de sus promesas.

Pero si Petro gana la consulta y se queda en el Palacio Liévano, ese grupúsculo que quiere sacarlo a sombrerazos habrá cometido el peor error político que amenazará tener consecuencias nefastas no sólo para ellos, porque entonces el alcalde transitará del desprestigio generado por una administración caótica al ejercicio de un caudillismo que nadie sabe en qué pueda parar. Y Petro, que no tiene un pelo de bobo pero sí muchos de ambicioso, sabrá sacar provecho de esa victoria. Les habría resultado mejor permitir que el alcalde terminara su período y saliera desprestigiado de su gestión, pero la ambición rompe el saco.

Adenda. Solamente a alguien tan errático como la ministra de Justicia, Ruth Correa, se le podía ocurrir que es sensato consagrar en el Código Penitenciario que los medios únicamente pueden entrevistar a personas condenadas pero no a las sindicadas. Además de censura a la prensa, la propuesta totalitaria lesiona los derechos fundamentales de los ciudadanos.

notasdebuhardilla@hotmail.com

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