Por: William Ospina

El perfume y el deleite de un minuto nada más

Muchas veces he querido escribir un ensayo que se llame Esos malos poemas sin los cuales no podemos vivir. Porque ciertas preceptivas literarias nos han enseñado a avergonzarnos de algunos placeres furtivos que también nos da la literatura.

No se trata aquí de la poesía indudable, poderosa y terrible que construye mundos y derriba sistemas: de la capacidad de Homero y de Joyce de salvar un mundo en el lenguaje; de la capacidad de Dante de erigir un universo en la música; de la capacidad de Shakespeare de construir un discurso sinfónico donde cabemos todos los humanos, desde los más infames hasta los más sublimes; de la capacidad de san Juan de la Cruz y de Allen Ginsberg de atrapar los matices del amor; de la capacidad de Víctor Hugo de convertir en poesía la historia, la curiosidad geográfica y hasta la pasión política; de la capacidad de Baudelaire y de Whitman de hacer caber en el poema lo más sórdido y lo más cotidiano; de la capacidad de Rimbaud de reinventar en la lengua un mundo que declina; de la capacidad de Rubén Darío, de Neruda y de Borges de reinventar minuciosamente una lengua, porque estos ya están salvados, a estos no hay que defenderlos, a estos no los discute nadie.

Tampoco se trataría de defender a otros muy grandes pero menos reconocidos, por su dificultad para pasar a otras lenguas o por su irregularidad, por su sutileza o por su carácter tan irreductiblemente personal. De vindicar las partenias divinas de Píndaro; las venenosas sátiras de Marcial; las rosas de hierro de la Canción de Rolando; los sonetos prodigiosos de Petrarca, de Joachim du Bellay, de Quevedo, de Lope de Vega, de Miguel Ángel, de Gaspara Stampa, de Rossetti, de Elizabeth Barret; de alegar a favor de las músicas y la magia de artífices de Verlaine, de Swinburne, de Heinrich Heine, de Toulet, de Lugones, de León de Greiff, de Antonio Colinas, de Giovanni Quessep; de defender la precisión de la Antología griega o de la Antología de Spoon River, el vuelo de Keats o de Rilke, la fuerza original de los poemas de Byron o de Ted Hughes, el poder perturbador de Robert Frost o de Christina Rossetti, la reinterpretación minuciosa de la realidad que hizo Emily Dickinson, el cosmos rumoroso de Robert Browning, el nuevo mundo que aportaron Eliot y Ezra Pound, el barro americano del romántico todavía incomprendido Porfirio Barba Jacob, las íntimas vastedades de Carlos Mastronardi, los altares amorosos de López Velarde, el incienso verbal de Saint-John Perse y de Aurelio Arturo, la depurada complejidad de Antonio Cisneros, las sonoras mitologías de Kipling o de Chesterton, los nihilismos contrarios de Houellebecq o de Fabián Casas, el salmo del siglo XX de Milosz o de Symborzka, o las exploraciones del presente puro de Ungaretti, de Jacottet, de José Manuel Arango, de Samoilovich o de Víctor Gaviria, porque todo eso está ya salvado, no necesita ser defendido sino apenas ser divulgado.

Lo que pretendería mi ensayo es defender lo indefendible, o al menos lo difícil de defender. Verdad que a esa categoría pertenecen obras ilustres como El Cuervo o Las campanas de Edgar Allan Poe, que le valieron a su autor el apodo de “jingleman” y a las que descalifican los genios y miran por encima del hombro muchos críticos, obras que no siempre aportaron un gran poema sino un tema que otros tratarían mejor o una música que otros enriquecerían; ese sistema de vasos comunicantes que hace que una musiquilla medieval resucite en una gran sinfonía de Mahler, que un canto de indígenas norteamericanos resurja y se despliegue en la aurora de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak; esos poemas pobres que atormentan o acompañan nuestras almas, como esa mala prosa de folletines del siglo XIX que nutrió algún fragmento de las Memorias de Adriano de Yourcenar. Ese mal poema militante de Gabriel Celaya La poesía es un arma cargada de futuro, al que le puso música Paco Ibáñez y que cada vez que suena me lleva a ciertas tardes de mi adolescencia y me trae amigas muertas y sueños perdidos, y me conmueve más que Virgilio. Pero no hablo en rigor de las canciones, que suelen ser invulnerables, hablo de poemas sin los cuales no podemos vivir, como eso de “en la mitad del barranco las navajas de Albacete / bellas de sangre contraria relumbran como los peces”, versos de García Lorca que sobreviven por pura inercia verbal, y apenas morirán con la muerte de la lengua. Hablo de ese poema Elegía de Miguel Hernández, que casi no resiste una lectura verso a verso, por esa impureza de decirle a un muerto “la tierra que ocupas y estercolas”, versos tirados al vacío como “órganos mi dolor sin instrumento”, que nadie le toleraría a Góngora, o toscamente amoblados como “por los altos andamios de las flores”. Quién sabe si a otro poeta le perdonarían los críticos esto: “mi corazón, ya terciopelo ajado / llama a un campo de almendras espumosas / tu avariciosa voz de enamorado”. Y sin embargo lo cantamos a voz en cuello y al borde del llanto a la hora de evocar a los amigos perdidos.

Porque quizás un poema no es bueno sólo cuando es bueno, sino también cuando se hace necesario. Y puede hacerlo necesario la costumbre, el dolor, la sensación de algo perdido, el hecho de que le gustara a alguien, la casualidad que lo unió a nuestra vida. Puede ser, como también dijo Shakespeare, “el perfume y el deleite de un minuto, nada más”. Para mayor gloria de Julio Flórez y de Juan de Dios Peza.

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