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Ignacio Zuleta 17 Jun 2013 - 10:53 pm

Lo que va del caucho al roble

Ignacio Zuleta

La mudanza implica transformación, cambio de piel, de mañas y rutinas. Y yo estoy recién mudado: cambié a Bogotá por Barranquilla y el frío de los páramos por el fogaje de Bocas de Ceniza.

Por: Ignacio Zuleta
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 “¿Por qué se trasladó?”, preguntan los amigos, y respondo: “¡Y porque ajá!”, para no entrar en los detalles de una trashumancia que está mejor descrita en el libro de Attali, El hombre nómada.

Si uno no es un nukak makú que carga con los mínimos, o un monje errante, la mudanza es una producción de circo criollo.

La primera etapa consiste en atar los cabos sueltos: trasladar la sede de la IPS, pagar todas las cuentas, cambiar el domicilio ante los bancos y monstruos similares, cobrar todas las deudas, decir chao y empacar. Una vez más, hay que sufrir por causa de la acumulación de corotos inservibles y aguantar que los apegos a las cosas nos den codazos en la boca del estómago: ¿cómo botar la estampa de San Pablo el ermitaño que acompañó mi encierro? ¿Sigo cargando la taza de porcelana desconchada que me legó la abuela? ¿No será sano quemar estos recibos de teléfono del año 82? O esos no, por si acaso...

La segunda etapa, el trasteo físico, es menos filosófica, como atestiguan las vértebras lumbares. Vienen los hombres fuertes, sellan las cajas con la cinta entorchada y mordisqueada, voltean la que dice “este lado arriba, ¡delicado!” y adiós copas de vino de la difunta tía; envuelven en película de plástico lo que hallan a su paso, como si el poder de la capa protegiera el borde de los muebles contra los golpes que los porteadores les dan contra la puerta a la salida, la puerta del camión y la reja que marca la entrada triunfal del escritorio antiguo a la nueva morada. El vinilpel en todo caso evita que se esparzan las astillas. Mi hermana insiste en que el canasto boyacense de la plaza terminará colgado en las varillas del camión si no estoy atento a recogerlo en su destino y ahí se quedará oscilando para siempre, en compañía de la jaula de canarios de la dama que envió un trasteo a Medellín en el mismo camión hace diez años.

Ya estoy en Barranquilla, recién desempacado, y explico el “porque ajá”:

Bogotá no tiene buena mano para las matas; no se compara un caucho sabanero a un roble florecido; ahora llegar a la casa de un amigo me toma diez minutos; la gente se sonríe, mira a los ojos y bromea; el sesenta por ciento de las veces el pito es coqueteo a la mestiza caderona de la acera y no bilis trancada; para ir a un concierto en el Amira de la Rosa camino siete cuadras, y me evito las dos horas de trancones bogotanos si me da por ser culto.

¿Y el clima? Se maneja a pasito caribeño. Nadie sube a impermeabilizar una azotea al mediodía, no se utilizan calcetines en la playa, se aprende a coger brisa, no se estaciona el carro a pleno sol, ni se alquila un lindo apartamento con vista hacia el poniente. Cuando pregunto: “¿Aquí el sol va hacia dónde?”, me contestan: “¡La sombra va p’allá!”. Y así, por la sombrita, voy al baño de mar cada dos días.

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