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Klaus Ziegler 19 Jun 2013 - 11:00 pm

De la clonación y otras perversiones (II)

Klaus Ziegler

Quienes se oponen al aborto o a la clonación terapéutica suelen apoyarse en un principio ético fundamental: el respeto por la dignidad de la persona humana. Pocos cuestionan este axioma, pero las opiniones varían de manera radical cuando se trata de precisar qué entendemos por “persona”.

Por: Klaus Ziegler
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¿Es un óvulo una persona? Sí lo es, mientras esté fecundado, o al menos así lo creen un buen número de antiabortistas radicales, usualmente de corte religioso. El dogma se fundamenta en la creencia de que existe una entidad ultraterrena responsable de conferirle al óvulo su calidad de “humano”, al infundirle el “alma” en el momento mismo de la concepción. En últimas, una fábula es la razón esencial para condenar el aborto en todas sus formas, incluyendo el uso de la “píldora del día después” y la clonación de células embrionarias. Y no sería justo decir que esta sea la posición de los creyentes en conjunto, pues el mito no es compartido por los mahometanos, para quienes el alma no se infunde hasta los cuarenta días de gestación, un precepto que incluso la misma Iglesia católica reconoció hasta mediados del siglo XVIII. 

De otro lado, pocos antiabortistas tienen dificultades para aceptar los criterios científicos utilizados en los protocolos médicos que delimitan la otra frontera de la vida, el momento de la muerte, no obstante las consecuencias jurídicas y prácticas sean igualmente importantes (muchos órganos, por ejemplo, deben extraerse a la mayor brevedad si se desea utilizarlos para trasplantes). La señal de que “el alma abandonó el cuerpo” la dictamina un médico, no un cura, mediante panangiografías y encefalogramas. La interrupción irreversible de la actividad vital del cerebro en conjunto, incluido el tallo cerebral, se reconoce sin discusión como el sello inconfundible de la muerte. 

A la luz de la neurología moderna, es nuestro cerebro, en últimas, el depositario del “yo”, el responsable del elusivo fenómeno de la consciencia. Allí reside la fuente de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, de todo aquello que nos hace humanos. Con los conocimientos científicos de hoy resulta imposible hablar de “persona” para referirnos a un cuerpo anencefálico. Y en ausencia de sistema nervioso, los cuatro principios fundamentales de la bioética: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia carecen de sentido, pues conceptos como “libertad”, “dolor” y “sufrimiento” dejan de tener significado. No obstante, se insiste en otorgar el calificativo de “persona humana” a un embrión, aún sin sistema nervioso, y a un feto sin cerebro. Bajo esta ética resulta preferible poner en grave riesgo la vida de una niña adolescente con problemas renales, como ocurrió hace unas semanas en El Salvador, antes que permitirle abortar una criatura anencefálica. La decisión no es solo criminal, sino que además está en contradicción flagrante con el mismo principio de respeto absoluto a la vida humana que se alega defender. 

Peter Singer y otros filósofos supeditan cualquier consideración ética a la capacidad de experimentar las emociones más básicas: dolor, sufrimiento, placer, satisfacción… Por esta razón, y de manera intuitiva, arrancar la maleza del jardín o serruchar la rama de un árbol no se juzgan como actos atroces, mientras que sería una monstruosidad hacer lo miso con las patas de nuestra mascota. Aplastar por diversión una pequeña mariposa podría ser un acto cruel, pero no abominable. El común denominador es el mismo: sin un sistema nervioso suficientemente complejo no hay sufrimiento. Y de aquellas formas vivas con sistemas nerviosos muy simples suponemos que existen grandes limitaciones para padecerlo. Dolor y sufrimiento presuponen la existencia de un cerebro, de ahí que la ética deba extenderse a cualquier organismo que posea un sistema nervioso complejo, no solo a los miembros de nuestra especie, sino también a los llamados “animales superiores”, mamíferos, cefalópodos... Por esta razón las corridas de toros y otras salvajadas son sancionadas bajo las leyes de la mayoría de los países de Europa. 

Bajo esas consideraciones, la clonación terapéutica y el aborto serían moralmente permisibles, al menos hasta alrededor de la semana dieciocho, cuando el sistema nervioso está aún inmaduro, y discutiblemente hasta la veinticinco, cuando el entramado neural básico ya se encuentra en su lugar. No obstante, a este principio “neuroético” suele contraponerse un argumento curioso: aunque el embrión carezca de cerebro, estamos, no obstante, obligados a hablar de “derechos”, pues nos referimos a un individuo “en potencia”, un concepto antropológico borroso, por decir lo menos. Pero si ello significa tener el potencial de convertirse en persona, entonces estaríamos obligados a conferirle el mismo estatus a cualquier célula de nuestra piel, pues como demostraron hace poco Mitalipov y su equipo, una sola célula epidérmica basta para crear un clon nuestro. Es una realidad científica demostrable, no un chiste, cuando afirmé en mi columna anterior que cualquier hombre al afeitarse envía por el desagüe millones de “humanos en potencia”. No es posible apoyarse en la biología para suponer que un óvulo fecundado pueda ser “más humano en potencia”, y por ende pueda tener más “derechos” que cualquiera de las millones de células diploides que conforman nuestro organismo.

Por supuesto que esa “neuroética” igualmente descansaría en una axiología cuyos principios, en definitiva, son convenciones humanas. Podemos construir una ética apoyada en dogmas religiosos, y otra sustentada en la neurología, la biología, la ecología…Esta última elección proporciona la posibilidad de construir un sistema de valores cuyos principios se fundamentan en la razón, en el conocimiento, no en la superstición y la ignorancia.

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