Por: Juan David Zuloaga D.

Esos viejos troyanos

La metáfora es bonita, pero imprecisa. El troyano que ataca a los computadores recibe su nombre porque penetra en ellos como un software aparentemente inofensivo, pero trae camuflado un virus que permite a un desconocido el acceso remoto al sistema operativo de la víctima y a su información.

Le viene al troyano su nombre de la estratagema que emplearon los aqueos para expugnar la ciudad de Troya tras diez años de asedio. Idearon un caballo de madera que pretendieron enviar a sus enemigos en son de paz. Recibiéronlo los troyanos ajenos al engaño del ardid. Dentro del caballo iba bien armado y dispuesto para el combate un ejército de griegos presto a destruir la ciudad. Como el proceder del virus es análogo, en ese intrincado mundo de la computación algún informático, con un alma poética o con un dejo nostálgico, lo denominó “troyano”, recordando más el espíritu de la narración que sus detalles.

No por poético el nombre, deja el virus de incordiar: a veces paraliza todo el computador, no permite abrir archivos o programas ni acceder a internet; en ocasiones deja un espacio de maniobra, como permitirme escribir esta columna, pese al terrible troyano que desde hace mucho entró arteramente en mi computador. Pero si molesta —porque no deja navegar en la red, ni usar los programas que requieren conexión a internet; si importuna porque cada quince o veinte minutos toca reiniciar el computador—, ya no me preocupa una de las más peligrosas amenazas que suponía: cuando entraba en el sistema el virus, el remitente podía tener acceso a los archivos y las claves y las confidencias que pudiera albergar cualquier ciudadano, modesto o importante, en la intimidad de su computador.

Y ya no me preocupa por la sencilla razón de que desde hace varios años me siento vigilado. Y eso que era una sospecha, un tanto vaga y hasta infundada y ridícula, vino a verse confirmada por la denuncia que Edward Snowden, contratista de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, hizo al diario británico The Guardian la semana antepasada. Con su declaración le dio a conocer al mundo lo que la mitad o más de sus habitantes ya sospechaban, que la tal agencia de seguridad es en verdad una agencia de seguimiento e indagación de la vida privada de todos los ciudadanos de su país (y del resto del mundo, claro). Dicho en breve: una nueva y sofisticada Inquisición.

Con ello no sólo pierden vigencia los antiguos troyanos, sino que se viene abajo toda ese universo de intimidad —presunta, ahora lo sabemos— de que gozaron y gozaban la correspondencia electrónica, la información personal, los archivos de diversa índole que pudiera uno albergar en el silencio de su computador. No sólo pierde vigencia un antiguo virus; no, más que eso. Gracias al intrusivo embate de este nuevo caballo de Troya asistimos a un importante fenómeno de la política, digno de estudiarse: asistimos a una reconfiguración de lo público, pues ya nada es privado.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Zuloaga D.