Por: Catalina Ruiz-Navarro

Al final del arco iris

En el londres victoriano los homosexuales usaban claveles verdes en la solapa como una manera sutil de identificarse. La costumbre la hizo famosa Óscar Wilde, y hoy el Clavel Verde es un prestigioso premio anual para escritores hombres de la comunidad LGBTI.

A comienzos del siglo XX, el verde se reemplazó por accesorios rojos, corbatas y pañuelos. En los setenta, Rita Mae Brown y otras activistas protestaron por la marginalización de las lesbianas dentro del movimiento feminista, con camisetas moradas que decían “Amenaza lavanda”. En la biografía de Abraham Lincoln escrita en 1940 por Carl Sandburg, el biógrafo usa el término “vetas de lavanda” para referirse a la relación del presidente americano con su amigo Joshua Speed (con quien vivió durante cinco años, compartiendo la misma cama).

En octubre de 1969 una protesta contra las políticas editoriales homofóbicas del San Francisco Examiner se salió de control y los empleados del periódico bañaron a los protestantes en la tinta de las impresoras. En respuesta, los manifestantes estamparon sus manos moradas por todo el edificio, dejando una huella duradera y adoptando este color como símbolo del movimiento. Durante la Segunda Guerra Mundial los judíos eran obligados a llevar una estrella de David amarilla en el brazo para identificarse. A los homosexuales, por su parte, les asignaron un triángulo rosado, el mismo que en 1977 se adoptó como un símbolo de la lucha contra la opresión. A las lesbianas y a las prostitutas, en cambio, las obligaban a llevar un triángulo negro que hoy también se usa como señal de orgullo dentro de la comunidad.

La bandera del arco iris se usó por primera vez en 1978, en el entierro del célebre activista Harvey Milk, que murió asesinado. El artista Gilbert Baker la diseñó inspirado en la bandera de las razas (amarilla, blanca, roja y negra) y originalmente tenía ocho colores: rosado, que representaba la sexualidad; rojo, que simbolizaba luz; naranja, curación; amarillo por el sol; verde por la serenidad natural; turquesa por el arte; índigo por la armonía, y violeta por el espíritu. Un año después se dejó ir al rosado y al turquesa, y al índigo se lo reemplazó por un azul más vivo. Así nació la que hoy se conoce universalmente como la bandera del activismo y orgullo de la comunidad LGBTI.

La historia del movimiento LGBTI está llena de aciertos estéticos que se han usado para resignificar símbolos de opresión y para generar vínculos y cohesión como comunidad. Mientras los derechos legales se van ganando a ritmos desiguales en cada país, la iconografía de la comunidad se extiende sin tregua y va generando un irreversible cambio social. Es muy emocionante ver cómo los símbolos vigentes: la bandera arco iris y el cuadrado con el signo igual que hace unos meses tiñó las redes sociales de rojo, hoy son usados no sólo por los miembros de la comunidad sino por todos los simpatizantes del movimiento. Por eso, en la víspera de una ambigua victoria para la comunidad LGBTI, hay que reconocer su eficacia, su capacidad de reinventarse, de construir imaginarios positivos y de comunicar. Las luchas sociales se dan en muchos niveles, y en este caso es claro que el activismo LGBTI ha tenido una rotunda y global victoria cultural que no puede echarse para atrás. Ya se apropiaron de todos los colores, la conquista de todos los derechos está a punto de llegar.

 

 

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