Por: Iván Mejía Álvarez

Brasil, cosa del pasado...

¿En qué momento le cambiaron el paladar al aficionado brasileño? ¿Cuándo, dónde y por qué el “torcedor” se olvidó del fútbol samba y entró de lleno, de cuerpo y alma, al aplauso del fútbol pragmático y resultadista?

Es difícil entender que una selección como la española, uno de los pocos equipos en el mundo del fútbol que respeta el concepto de la posesión y el toque, resulte abucheado por los hinchas brasileños durante la Copa Confederaciones. Cualquiera podría pensar y creer que ese fútbol es el que genéticamente representa la historia del fútbol arte que durante tantos años encarnaron los magos brasileños y que el mundo disfrutó y aplaudió como la quintaesencia del juego de la pelota.

Esta selección brasileña que llegó a semifinales sólo tiene en Neymar a un jugador diferente, como los de antes, uno que podría tocar la pelota con Zico, Rivelinho, Rivaldo, para mencionar sólo esos tres porque la lista es larguísima. Los demás hacen parte del colectivo de obreros solidarios predispuestos a una causa táctica.

Brasil siempre tuvo un 10 creador, un tipo que amontonaba rivales, hacía maravillas, jugaba y hacía jugar, un “regista”, como dicen los italianos, un tipo lleno de fantasía. Este Brasil de Felipão carece de ese volante armador y su figura es un delantero lleno de condiciones, pero inestable, que hace goles, pero vive tirado al piso; un jugador que sobresale en la mediocridad del fútbol casero brasileño, pero al que todavía le falta refrendar galones en el balompié internacional. Descalificar a Neymar sería imperdonable, pero encumbrarlo sin ganar nada —no ha vencido en nada importante— hace parte del juego del mercadeo que acompaña en dosis inmensas al último mohicano del fútbol brasileño.

No difiere mucho la selección de Mano Menezes de la de Scolari o la de Dunga en el último Mundial. Unos jugadores rígidos, cumplidores de sus obligaciones, intentando defender lo mejor posible, corrigiendo las locuras de David Luiz, un tremendo desordenado, buscando a quien darle la bola y que cuando la tenga “invente”, tenga fantasía. Si el fútbol de Brasil pasa por Oscar, Paulinho, Hulk o Hernanes, difícil esperar chispa y alegría. Todo plano, todo gris.

Cuánto daría Brasil por tener un Iniesta, un mago, para intentar volver a ser el del jogo bonito. Brasil gana mucho más de lo que juega. Aburre mucho más de lo que alegra. Puede ser campeón, pero el paladar por aquel Brasil maravilhoso es cosa del pasado...

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