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Héctor Abad Faciolince 29 Jun 2013 - 10:00 pm

La plegaria del ateo

Héctor Abad Faciolince

Adolfo Bio Casares, en su momumental libro de memorias sobre Borges, cuenta que su gran amigo se murió rezando el Padrenuestro en cinco idiomas distintos: en anglosajón, inglés antiguo, inglés, francés y español.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Algunos se han preguntado por qué Borges, que decía no creer en Dios, y mucho menos en el más allá o en la inmortalidad, habrá caído al final en esa vieja costumbre de enfermos y moribundos, la plegaria. No puede descartarse una conversión in articulo mortis, claro está, como les ha pasado a muchos ateos célebres, pero a mí me convence más la tesis de que simplemente el rezo le servía como mantra, como melodía o melopea, es decir, como la repetición monótona de un sonido que ayuda a la serenidad, a la paz interior, en un momento que no siempre es fácil, el de la muerte. De Antonio Caballero aprendí que el Padrenuestro tiene muchas virtudes poéticas, y una de las principales consiste en que es un breve poema seco, sin adjetivos. Y Borges tenía buen gusto.

En un cuento viejo sobre lo duro que puede llegar a ser el matrimonio, se cuenta de dos que van a celebrar los 25 años de casados y se sientan frente a frente en un restaurante, mudos, como no es raro que pase entre las parejas añejas. Después de un largo rato de silencio, ella le dice al marido: “Recemos el rosario para que crean que estamos conversando”. El rezo, en este caso, es un sustituto de la conversación, y sirve de disimulo. Yo recuerdo que cuando en la casa de mi abuela se rezaba el rosario la cosa tenía una gran ventaja para las empleadas del servicio: al fin podían estar un rato sentadas, descansando, sin que nadie las mandara a hacer nada a la calle o en la cocina. Rezar será aburrido, pero es descansado.

Hace muchísimos años que no rezo y ya hasta confundo el Credo con el Magnificat, pero hace mucho tiempo descubrí las virtudes hipnóticas y benéficas de la plegaria. Una vez, sentado al lado de una monja en un avión que se movía tanto que parecía a punto de caerse, vi que ella iba plácida y tranquila, musitando oraciones con los ojos cerrados. Hice casi lo mismo: cerré los ojos y me puse a recitar a Quevedo y a Lope. El avión seguía corcoveando, pero al ir recitando, a mí ya no me importaba que se cayera o no. Las palabras rítmicas, hermosas, con los sonidos repetidos de las rimas, calman. Desde entonces practico y recomiendo la recitación como un rito privado de sosiego.

Esta semana, en el New York Times, hubo una discusión entre varios expertos (religiosos y no) sobre si les conviene rezar a los ateos. Y hace más tiempo, ahí mismo, se discutía si los ateos deberían tener ceremonias propias que sustituyeran aquellas en las que las religiones tienen el monopolio del negocio: nacimientos, Bar Mitzvah (ritual de uso de razón, entre los judíos), matrimonios, decesos... Ya en Londres hay una especie de templo donde los ateos se reúnen a oír sermones, a cantar melodías y a afirmar su fe en que Dios no existe. Parece que eso los hace sentir unidos y cómplices; a lo mejor hasta se ayudan a conseguir puesto, como los masones.

En la discusión del periódico, Hemant Mehta decía que en las situaciones difíciles sirven mucho más dos manos que ayuden que dos labios que recen. Subrayaba también lo irracional que es que uno rece y en el más allá lo oigan, pues si fuera así de inmediato pararían los terremotos. Estoy de acuerdo con él: sería raro un dios que cambiara sus planes porque alguien reza. Pero hay dos cosas que espiritualmente (en el sentido terrenal de la palabra) sirven mucho como terapia: el silencio y la repetición de memoria de palabras sabias y armoniosas. Así como la música tiene un efecto benéfico sobre la mente, así mismo la plegaria laica (lectura o recitación) produce una paz tan honda que solamente el orgasmo le compite.

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