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Lorenzo Madrigal 30 Jun 2013 - 9:00 pm

De la revolución al orden

Lorenzo Madrigal

Tomo el título de un libro del escritor y político don Rafael Azula Barrera, así sea para referirme al tema con un enfoque diferente: el de la transición de un revolucionario al gobierno reglado, como ejecutivo del mismo.

Por: Lorenzo Madrigal
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No es, por supuesto, lo mismo dar o recibir órdenes para el desorden, como quien dice para destruir, que someterse a leyes y resoluciones previas, ninguna de las cuales ha de ser omitida, y ejercer de esta manera controlada alguna forma de gobierno.

Se diría que en la democracia hay que haber nacido. El talante democrático no se improvisa: es un estilo, una manera de ser, una sensibilidad propia y congénita. Por lo general, quienes toman el poder por la fuerza, violentando todas las reglas, no llegan a someterse a ningún Estado de derecho ni siquiera al que establecen ellos mismos cuando usurpan el mando apetecido o llegan a él tras acuerdos de paz, todo lo encomiables que estos sean. Ejemplos son muchos o diría que todos.

Este es el esfuerzo que viene haciendo el alcalde de la capital, para acomodarse a estatutos muy precisos. Fácil le ha sido caer en situaciones que son objeto de cargos de procuraduría, en demandas y discusiones sin término, respecto de las cuales bien puede llegar a pensar que no se le deja gobernar.

Y es que el funcionario sólo puede hacer lo que le está permitido, a diferencia del ciudadano, apenas limitado por lo que le está prohibido. Del desespero por no acertar, por tropezar a cada paso con obstáculos no previstos, porque lo de ahora no es comparable con la libre acción de antes cuando se buscaba la desestabilización, se apela a un regreso revolucionario, a lo que en estos días se llama primavera, que consiste en concitar las siempre dispuestas pasiones populares y llamar a la revuelta. Especialidad que se tenía antes de ejercer funciones públicas.

Un revolucionario, por definición, no reconoce el estado de derecho como algo imprescindible para el orden justo, que demanda cualquier gobierno. El respeto de normas preestablecidas está concebido contra la arbitrariedad personalista, contra el bandazo caprichoso. En la democracia un gobernante, en cierta forma, debe ser gobernado.

* * *

Alberto Lleras, demócrata por excelencia, si alguno ha tenido la historia de este país (no la de History Channel ), apelaba, sin eco, a la evolución, como antinomia de la revolución. En el año 46 no le importó contradecir sus intereses políticos y ser denigrado por su propio partido con tal de presidir un debate electoral limpio, que ocasionó la transferencia del gobierno a la oposición. Fundador de organizaciones panamericanas, regresaba como Cincinato a las campiñas de Chía o era llamado de nuevo al gobierno de su país. Fue el gran ciudadano.

 

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