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Santiago Montenegro 30 Jun 2013 - 9:00 pm

Cuando baja la marea

Santiago Montenegro

Se dice que cuando baja la marea se sabe quién nadaba en pelota o con los calzones caídos.

Por: Santiago Montenegro
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 En alguna medida, es lo que nos está pasando con la economía. La marea alta fueron los buenos precios de nuestros bienes básicos de exportación y la política monetaria expansionista de la Reserva Federal. Con la desaceleración de China, han caído los precios y el valor de nuestras exportaciones y, con la esperada contracción monetaria de los Estados Unidos, está llegando a su fin la era de las bajas tasas de interés. Es decir, está terminando un período de varios años en los cuales la demanda jalonó la economía. Como siempre ha sucedido en épocas anteriores en las cuales factores externos aceleraron el crecimiento, al bajar la marea, nos damos cuenta de las promesas incumplidas, de las tareas no realizadas, de las euforias infundadas, de la prosperidad al debe, de los premios no merecidos. Porque un crecimiento sano en una economía pequeña y abierta —y tomadora de precios—, como Colombia, debe sostenerse en el largo plazo, no sobre una demanda externa y cíclica, sino sobre una oferta que se desplaza con base en incrementos de productividad. Y, como lo demostró el nobel Christopher Pissarides desde hace pocas semanas en Cartagena, nuestros incrementos de productividad han sido bajos, en relación no sólo con el promedio de los países de la OCDE, sino también con los promedios de América Latina. La pregunta es ¿por qué nuestra oferta no es competitiva y por qué no hemos tenido mayores incrementos de la productividad? Varias razones.

Primero, porque tenemos unos niveles escandalosos de informalidad laboral y empresarial. Si definimos la primera como los ocupados que no cotizan a la seguridad social en salud contributiva y pensiones, la informalidad laboral está en un 70%. Y, si la calculamos como la población en edad de trabajar que no cotiza, está en un 80%. Segundo, pese a los esfuerzos que ha hecho la administración Santos, la baja calidad de la oferta está también asociada a una pésima infraestructura de transporte. El número de dobles calzadas por millón de habitantes es inferior a los de Perú y Bolivia y está muy lejos de los niveles de Chile. Tercero, nuestra pobre oferta y baja productividad están también explicadas por la pobre calidad de la educación y preparación de nuestra mano de obra. En las pruebas PISA, estamos en los últimos lugares, y sólo una universidad colombiana se encuentra entre las 350 mejores del mundo. Cuarto, Colombia invierte en ciencia, tecnología e innovación una fracción de los niveles de Corea del Sur o China y menos de la mitad de los niveles de Chile. Quinto, la bajísima productividad no sólo es responsabilidad del sector privado, sino también de los servicios que presta el Gobierno y, en general, el Estado. Así como hay fallas de mercado, también hay fallas del Estado. En Colombia, hay fallas escandalosas de la justicia, la inseguridad sigue siendo alta, hay mucha opacidad y poca transparencia y el clientelismo lo permeó todo. Dado que todos estos problemas no se van a resolver solos, de alguna forma, Colombia necesita que la política sea jalonada por la confrontación de ideas para resolverlos. La política debe pensar, no tanto en la próxima elección, sino mucho más en la próxima generación. Ese es, quizá, el principal desafío que tiene el país.

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