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Arlene B. Tickner 2 Jul 2013 - 11:59 pm

La historia se repite

Arlene B. Tickner

Al año de ganar la primera contienda democrática en la historia de Egipto, al presidente Mohamed Mursi se le está pidiendo la dimisión. Es tal la crisis de legitimidad del Gobierno que la campaña Tamarod (rebelión) ha recogido unos 22 millones de firmas —muchas más que las que eligieron a Mursi y la Hermandad Musulmana— para pedir elecciones tempranas, y varios ministros del gabinete han renunciado, entre ellos el de Relaciones Exteriores.

Por: Arlene B. Tickner
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Además de que afirmaciones tales como “estábamos mejor con Mubarak” (quien fue derrocado en febrero de 2011) o “los militares deben intervenir” se oyen con preocupante frecuencia, el ultimátum de las Fuerzas Armadas, de que si el Gobierno no atiende de inmediato las demandas populares se verán obligadas a crear otra “hoja de ruta” para el país, ha enrarecido aún más el ambiente. No sólo pone de presente la continuada influencia de los militares en la vida política egipcia —pese a su retiro formal de ésta—, sino la posibilidad inminente de una interrupción constitucional.

Más allá de ser el primer líder elegido y de encabezar el proceso incipiente de democratización de Egipto una vez el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) entregara el poder, los logros de Mursi durante su primer año han sido pocos.

La nueva Constitución, cuyo proceso de redacción ha sido cuestionado por no representar a todas las fuerzas políticas del país, preserva algunas prácticas autoritarias del pasado, incluyendo los juicios militares a los civiles, y se queda corta en la protección de la libertad de expresión y religión, así como los derechos de las mujeres. La marginación de la oposición, que constituye un espectro díscolo de agendas políticas, económicas y sociales, ha sido una de las fuentes principales de crítica al Gobierno y a la Hermandad Musulmana, a la que se acusa, con algo de razón, de akhwana o la “hermandadización” del Estado.

En justicia, el autócrata Mubarak le heredó a la democracia egipcia una situación compleja, caracterizada por múltiples crisis en economía, energía, infraestructura, salud y educación, e imposible de corregir en tan corto tiempo. Sin embargo, la percepción general es que Egipto está peor, especialmente en términos de inseguridad y violencia, desempleo, escasez de combustible y electricidad, y problemas de transporte público.

En lugar de asumir su cuota de responsabilidad política y de llamar a la reconciliación nacional, en noviembre del año pasado Mursi emitió un polémico decreto que prohíbe el cuestionamiento jurídico de sus decisiones, y el 26 de junio de este año culpó a todos, menos a su propio gobierno, por el estado crítico del país.

Dentro de este incierto escenario, la historia se repite. Las Fuerzas Armadas han emergido, como ocurrió en el caso del derrocamiento de Mubarak, como defensores del orden, la institucionalidad y, paradójicamente, la democracia misma. Gozan hoy de altos niveles de apoyo popular y han logrado “rehacerse” ante la opinión pública como un actor por encima de la política, genuinamente preocupado por el futuro de Egipto. Si bien no hay duda de que el mantenimiento del statu quo no es una opción viable, emplear prácticas antidemocráticas para resolver la democracia egipcia tampoco augura bien para el futuro de la revolución del “pan, libertad y justicia social”.

  • Arlene B. Tickner | Elespectador.com

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