Por: Julio César Londoño

El ardid del relojero

En el curso de una audiencia pública de la Corte de Cracovia, Antonio Amadeo, un joven que se dedicaba al novísimo oficio de la relojería, se levantó y dijo: “Querido rey, quiero enseñarte una oración que sirve para desenmascarar enemigos ocultos. —Todos los ojos se volvieron a mirar al joven—.

Opera así: cuando se pronuncia la oración de cara a Roma con los ojos cerrados, en los párpados podemos leer los nombres de los que quieren perdernos... de los conspiradores, por ejemplo”.

El rey no era un hombre incauto, pero decidió seguirle el juego al relojero: Enséñame esa oración, muchacho –ordenó.

—Lo haré con gusto, mi señor, pero a solas, por supuesto.

En cuanto estuvieron solos, el rey lo urgió: “A ver, muchacho, enséñame esa oración prodigiosa”.

—Lamento decirte, señor, que tal oración no existe ni existirá. Me admira que un hombre como tú haya creído semejante historia.

El rey no podía dar crédito a sus oídos. “¿He oído bien, relojerillo? ¿Quieres burlarte de mí o es que has decidido, de repente, guardarte tu secreto?”.

—Ni lo uno ni lo otro. Son sólo imaginaciones mías. De nada sirve orar mirando a la Meca como los musulmanes, ni a Jerusalén como los judíos, ni a la Estrella del Norte como los sabeos, ni al Oriente como los persas —que adoran el fuego—, ni al ombligo como los hindúes. Todos estamos solos frente al mal, y los reyes más que nadie.

El rey enrojeció de ira. “Te arrepentirás de esta broma estúpida, tunante. Te haré azotar tres días y luego te ahorcaré con mis propias manos”.

—La ira no es buena consejera, mi señor. Piensa esto: si me haces azotar la gente comprenderá que te he engañado, que la oración no existe y tus enemigos seguirán conspirando sin temor alguno.

—Puedo decir que la oración sí existe, y que te ahorqué para salvaguardar el secreto.

—Sí, puedes hacerlo, pero quedarás ante tu pueblo como el más ingrato e injusto de los hombres. ¿Quién confiará en ti luego? ¿Con qué cara invocarás la justicia en tus discursos? En cambio, si me colmas de honores todos quedarán convencidos de que ahora estás en posesión de un secreto que te hace invulnerable.

—¿Que te colme de honores, bribón? ¡Has perdido el juicio!

—No, no lo he perdido, y si no has perdido el tuyo, me darás la mano de tu hija, a quien amo con noble afecto. Esta será ante todos la prueba palpable de tu gratitud, nadie querrá ni siquiera pensar en conspiraciones, y seremos eternos cómplices, pues el secreto quedará en familia.

—¡Eres el más cínico bribón de la historia! –el rey estaba desesperado, daba vueltas por el salón, se mesaba los cabellos y mascullaba palabras: Bribón... lógica... mi hijita... cínico... miserable… sabandija… lo mataré... bueno... invulnerable… bien vista la cosa… hasta que al fin dijo: ¡Quién iba a pensar que luego de desdeñar pretendientes poderosos y honorables entregaría mi hija, mi mayor tesoro, a un mecánico embustero! Y diciendo esto abrazó al relojero y le dijo: Fija la fecha para la boda, yerno, y quítate de mi vista.

La boda se realizó al día siguiente. Durante la elevación, el rey cerró los ojos, rezó con fervor el padre nuestro y leyó en los párpados dos palabras. Ahí estaba, con caracteres nítidos, el nombre del relojero.

Post scríptum. La anterior es una versión demasiado libre de La aventura de Tse-i-la, el célebre cuento del escritor francés Villiers de L’isle-Adam. El original posee una sutileza en el desarrollo de la trama que ni siquiera intenté emular.

 

 

 

Buscar columnista