Por: Piedad Bonnett

Escritura y reparación

La buena literatura tiene la facultad de conmover, pero también debe ser capaz de mostrar las contradicciones de la sociedad, de hundir el dedo en la llaga de sus males, de plantear problemas éticos sin caer en discursos moralistas, de poner en duda las supuestas verdades consagradas por el statu quo. Esto se puede hacer desde la ficción, incluso a través de historias fantásticas o de ciencia ficción que a primera vista nos parecen mero divertimento, pero también desde lo testimonial, un género que ha existido siempre, pero que en esta época, como nunca antes, ofrece a los lectores temas considerados tabú y condenados al silencio social por vergonzosos o “peligrosos”, según las mentalidades más conservadoras.

Historias personales que nos atrapan por la magnitud del drama, pero que además lo hacen por su honestidad, talento y extraordinario manejo del lenguaje, han aparecido en tiempos recientes. Uno de ellos, que reseñé aquí alguna vez, es el de Édouard Louis, Para acabar con Eddy Bellegueule, donde el jovencísimo escritor denuncia el matoneo al que fue sometido en la adolescencia a causa de su homosexualidad, y cómo lo salvó el teatro, que le permitió huir de un medio social brutal, al que muestra con descarnada mirada crítica. Igualmente descarnado es Instrumental, de James Rodhes, el extraordinario pianista que estuvo hace poco en Bogotá, y que narra cómo lo violó recurrentemente su profesor de gimnasia, oprobio que causó en él actitudes autodestructivas que lo llevaron, durante años, a hospitales mentales y a varios intentos de suicidio. No hace mucho, también, salió en español un libro que toca un tema que escandalizará a varios, y que sostiene que el instinto maternal es una construcción cultural que sirve para imponer a la mujer la idea de que la maternidad debe ser la aspiración suprema del género femenino. Para problematizar esta idea, Orna Donath, una socióloga, hizo su tesis doctoral a partir de 23 entrevistas a mujeres que confesaron lo inconfesable: que, de haberlo pensado mejor, no habrían tenido los hijos que hoy tienen, aun amándolos como los aman. En Colombia también se han publicado libros que rompen el tabú: la periodista Paola Guevara, a través de su historia personal, pone a tambalear el mito de la madre como cuidadora de los hijos y del padre como el que siempre abandona. Y la también periodista Catalina Gallo narra desde dentro los horrores de la bipolaridad que padece, y de paso señala la incomprensión general sobre esta enfermedad y también la posibilidad de aprender a manejarla mientras se lleva una vida productiva.

En entrevista a Boris Cyrulnik, neurólogo francés que escribe sobre la resiliencia frente a la violencia —en su caso la de los alemanes contra los judíos en tiempos de Hitler— Fabián Sanabria cita las palabras de Maylis de Kerangal, también escritora, sobre la función del arte y la literatura de este tipo: “reparar lo que queda y desprivatizar lo más íntimo, ofreciéndoselo a lo colectivo, a la sociedad”. Algo muy necesario en este país que trata de perdonar los estragos de la guerra y de apostarle a la reconciliación. Es tiempo de contar, de sanar, de ayudar a otros desde la escritura de la propia experiencia.

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