Por: Alberto Carrasquilla

Educación de Calidad

La publicación de QS, uno de varios “ranking” universitarios a escala mundial, produjo algunos titulares porque Harvard fue desplazada por Cambridge. Chévere la discusión, pero muy preocupante que ninguna universidad latinoamericana figure entre las primeras 300 del mundo. Mas triste aún, la universidad colombiana mejor posicionada (Uniandes) no quedó entre las primeras 500.

Los pírricos resultados de nuestra región y de nuestro país contrastan con otras latitudes. China, Corea, Hong Kong y Sinagapur tienen, cada uno, 2 universidades entre las primeras 100 del mundo y Taiwan tiene una. En las siguientes 100, China tiene otras 4, Corea otras 3 y Hong Kong y Taiwan, otra. América Latina hace su triste aparición en el lugar 326. Aunque en otras clasificaciones aparece un poco antes, el punto de fondo es el mismo.

La virtual ausencia de universidades de talla mundial en nuestra región no es el único dato relevante en una discusión de la realidad educativa imperante. Mas preocupantes, quizás, son los aterradores resultados que nuestros jóvenes obtienen en las pruebas estandarizadas internacionales, en los pocos casos en que los toman.

El PISA, por ejemplo, es una prueba que aplica la OCDE trienalmente a estudiantes de 15 años. Los últimos resultados conocidos son los de 2006, cuyo énfasis fue en ciencias. De 57 países evaluados en la escala científica, 6 fueron latinoamericanos. El mejor ubicado (Chile) apenas llega al lugar 40 y el peor (Colombia) se ubica en el lugar 53. Los seis estamos significativamente por debajo del promedio de los miembros de la OCDE y a años luz de países “socios” provenientes de Asia. No hay muchas razones para estar optimistas con los resultados de la prueba 2009, que se conocerán en diciembre próximo.

Para ir descartando explicaciones progresistas, lo cierto es que la nuestra es una mediocridad igualitaria: a nuestros jóvenes les fue pésimo de manera generalizada. Tres datos: la varianza de los resultados obtenidos entre planteles fue mucho más baja que la observada en la OCDE, lo cual sugiere que en Colombia los planteles ricos se parecen mas a los planteles pobres de lo que es el caso, por ejemplo, en Alemania u Holanda. Segundo: los resultados del mejor 5% entre los estudiantes de nuestro país, apenas supera el promedio de la OCDE. Tres, no hubo un solo estudiante colombiano (entre unos 4500)  con resultados de nivel 6, el más alto.

Hay que entender tres cosas. La primera, que para mucha gente, esta mediocridad es conveniente, de manera similar a cómo, hace un siglo, el analfabetismo le convenía a los señores feudales.  Nada peor para la caverna actual que una juventud exigente y ansiosa de progreso. Nada mejor para el país que un sistema que trate a los buenos maestros como a sus ciudadanos más importantes y que obligue a los malos a mejorar, o a salir.

Segundo, que la educación es rentable: el capital humano es un activo, y tiene propiedades que lo hacen titularizable, sobre todo en ambientes amigables a la libertad económica. Al menos para el caso de la educación terciaria, hay maneras eficientes de traer esos recursos al presente, liberar al erario publico de la necesidad de subsidiar la clase media y permitirle, en consecuencia, invertir en la primera infancia, que es donde mas productivo es su aporte.

Tercero, que los resultados de evaluar la colaboración privada, como los colegios en concesión, con técnicas adecuadas aplicadas juiciosamente, sugieren –muy en línea con lo observado en otros países-- que estas innovaciones institucionales son buenas, pero no son la panacea. Esto implica una noticia buena y una mala. La buena es que hay caminos promisorios y no estamos en ceros. La mala, que contrario a ciertos excesos de entusiasmo iniciales, en esto no hay la contundencia necesaria para decretar punto final. 

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