Opinión |23 Ago 2008 - 1:55 am

Alejandro Gaviria

Desequilibrios sexuales

Por: Alejandro Gaviria

LA SEMANA PASADA, EL ALCALDE DE un remoto pueblo australiano hizo un anuncio que causó hilaridad e indignación. Preocupado por la escasez de mujeres y por la consecuente desesperación de los lugareños, el alcalde invitó públicamente a las mujeres australianas sin muchos atributos físicos a acudir en masa a su pueblo en busca de la felicidad. “Con frecuencia dijo el alcalde con candidez uno encuentra una joven no muy atractiva sonriendo calle abajo.

Vaya uno a saber si es por el recuerdo de un evento pasado o por la anticipación de la noche que viene”. Las mujeres del pueblo protestaron ruidosamente, con la indignación circunspecta de las agitadoras feministas. Algunos diarios editorializaron sobre el machismo sempiterno de los australianos,  otros celebraron el asunto como una desviación cómica de la dictadura imperiosa de lo políticamente correcto.

 Pero nadie se atrevió a señalar que la propuesta del alcalde llama la atención sobre un fenómeno inquietante: los desequilibrios en el mercado de parejas. En las grandes ciudades, el desequilibrio favorece a los hombres: las mujeres agraciadas y educadas abundan y los hombres con atributos deseables (las mujeres los prefieren ricos) son relativamente escasos. En las ciudades pequeñas o intermedias, la situación es la opuesta: las mujeres escasean y los hombres son tristemente redundantes.

En Nueva York, según las cuentas del economista Tim Harford, el superávit de mujeres entre los 20 y los 34 años alcanza la asombrosa cifra de 500 mil almas en pena. En los estados rurales de Alaska, Colorado y Utah, hay más hombres que mujeres. Mejor educadas, menos apegadas a la tradición y mejor preparadas para trabajar en los sectores  más dinámicos de la economía, muchas mujeres van a las grandes ciudades en busca de una nueva vida. Muchas prefieren competir por un buen partido en la ciudad a casarse con el amigo de toda la vida que representa precisamente el mundo del que quieren escapar. Los hombres, por el contrario, son más reacios a emigrar a las grandes ciudades, donde, entre otras cosas, las habilidades típicamente masculinas son cada vez peor remuneradas.

Cuando abundan las mujeres atractivas y educadas, como sucede en Nueva York o en Bogotá para no ir tan lejos, la realidad comienza a parecerse a Sex and the city. Los hombres deseados sacan provecho de la abundancia de mujeres, de su escasez relativa. El ansia indiscriminada de los machos termina venciendo la pasividad discriminante de las hembras. Los hombres pueden conseguir lo que quieren sin promesas matrimoniales o grandes inversiones. Las mujeres viven en un continuo lamento por la falta de hombres desocupados o interesados en una relación seria. Los hombres sueltos no son serios y los serios no están sueltos. Así es la vida en las grandes ciudades.

Cuando abundan los hombres, las mujeres hacen de las suyas. Escogen y exigen con pasividad discriminante. Los compañeros de cama son convertidos, ipso facto, en socios de crianza. Las mujeres, entre tanto, ya no se quejan por la cantidad, sino por la calidad de sus compañeros del otro sexo. En el pueblo australiano, una mujer soltera le dijo a un periódico local: “Aquí no hay hombres que valgan la pena. Todos están muy ocupados tomando cerveza para mirar a las mujeres, lo único que hacen es gritar o silbar cuando uno pasa por su lado”.

No muchas mujeres acudirán al llamado del alcalde australiano. La mayoría prefiere la escasez de buenos partidos a la abundancia de malos prospectos. En todas partes, sobra decirlo, las mujeres jóvenes dejan a los malos conocidos para ir en busca de los buenos por conocer.

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