Por: Alfredo Molano Bravo

El ‘freeway’ de Oriente

LOS CAMINOS DE HERRADURA, LLAmados también reales, han ido desapareciendo; las carreteras los han hecho innecesarios, obsoletos y hasta absurdos, y nadie les reconoce que han sido ellos los trazados originales y sabios, de la llamada con tanto mal gusto infraestructura vial.

Hoy podrían ser senderos para pasear al ritmo de la naturaleza. Me gustan los caminos reales. Gozo con la suavidad con que se acomodan a nuestra quebrada geografía andina; gozo con sus barriales, sus precipicios, con las lajas de piedra que hacían menos violentas aquellas subidas donde las bestias se quejaban pujando, y menos peligrosas las bajadas donde bestia y jinete tenían que apretar el culo.

 Amo los surales que de niño me parecían olas de barro, pequeñas cordilleras separadas por charcos donde el pie se hundía lentamente, huellas que las bestias cargadas iban haciendo a su paso. Echo de menos la sombra de samanes y alisos, y esa hoja que solitaria mueve un vientecito juguetón.

En La Calera había muchos. Unos llevaban a Guasca, otros a Choachí o a Monserrate. El más renombrado y caprichoso, Camino al Llano, salía de Usaquén, atravesaba el valle de Sopó y se metía por los páramos de Guasca a salir a los Farallones de Medina. De ellos quedan tramos muy cortos, casi borrados por el kikuyo. La mayoría han sido liquidados por los propietarios de predios adyacentes corriendo cercas para ampliar sus fincas. De vez en cuando yo recorro lo que queda del que llevaba a Bogotá por el Alto de los Patios.

 Ayer no más me quedé mirando en una curva un espectáculo deprimente, casi una metáfora: una mirla, medio piojosa, se bañaba en un chorro de agua que sale de un pozo séptico. Hoy toda la región está llena de pozos sépticos que se desbordan y botan sus aguas negras y envenenadas a las quebradas y chorros que desembocan en el río Teusacá.

Los últimos alcaldes del municipio han dado licencias para construir miles de casas y decenas de conjuntos cerrados sin respetar las normas ambientales, que por lo demás existen en el Plan de Ordenamiento Territorial, un verdadero parapeto para burlarse de la ciudadanía. Se dicen muchas cosas de los trámites que autorizan las construcciones, la gran mayoría obtenidas por conocidos y muy conocidos urbanizadores de la capital.

 La noticia de esta semana, que pasará inadvertida, es que la Gobernación de Cundinamarca y el Distrito Capital han aprobado una autopista de ocho carriles léase bien: ¡ocho carriles!  que comunicará la Autopista a Tunja con la Autopista al Llano para comunicar el Norte con el Oriente. Arrancará de Cáqueza, pasará por Choachí, La Calera y Sopó para rematar en Briceño. Lo que por los cerros orientales que miran a Bogotá no se puede hacer, se hará por su espalda, por los mismos cerros pero que miran a Chingaza.

Pero eso no importa, desde el barrio de Los Rosales desde donde se planifica esa herida no se verá. Los estudios preliminares no se han hecho y cuando se hagan se les esconderán a los ciudadanos, pero no a los urbanizadores privilegiados para que “manejen” la información y ubiquen, de acuerdo a las más altas tasas de valorización y rentabilidad, sus conjuntos cerrados, centros comerciales y parques industriales.

El destrozo de la región o lo que queda en ella de bosques nativos, aire puro y silencio queda así decretado. Los  viejos campesinos los pocos que no han vendido para comprar un nissan y vivir de la usura serán bombeados de la hoya del Teusacá.

Como lo seremos todos los que desde hace años buscamos huir de la modernización y el progreso. Ya oigo las tractomulas con sus pitos de aire y sus frenos de motor, ya siento todo el valle del Teusacá inundado de ese olor pegajoso del acpm,  ya me despiertan las patrullas de la policía de carreteras persiguiendo mordidas a sirenazo herido. Será, pues, un verdadero freeway como los que hay en México, Detroit y Los Ángeles. ¡Qué honor!

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