Por: Alfredo Molano Bravo

Tráiganme la cabeza de Alfredo García

Es el título de una memorable película de Sam Pekinpah, maestro de la narración violenta.

Un hacendado mexicano ofrece una enorme recompensa por la cabeza de quien había violado a su hija. Una pandilla de bandidos busca al hombre, lo embosca y lo mata —la sangre salta en cámara lenta—; meten la cabeza en un costal y cobran la plata. Pagar recompensas es una práctica tan eficaz como sucia, que suele acompañarse de otra no menos siniestra: la mutilación como evidencia. Y la mutilación tiene una larga tradición.

Para recordar lo que todos sabemos: Tupac Amaru, el último Inca, fue decapitado y despedazado; su cabeza exhibida en Cuzco, sus brazos en Carabaya y sus piernas en Levitaca. La cabeza de Galán, el comunero, metida en una jaula de hierro, fue expuesta en Guaduas y sus extremidades en otros pueblos. Idéntico procedimiento fue usado por Morillo con Camilo Torres y otros personajes de la Independencia.

En Venezuela, el dictador Juan Vicente Gómez y su compadre, el tirano Funes, en el Orinoco a comienzos del siglo pasado mandaban cortarles dedos y hasta manos a los ladrones; durante las caucherías, los contratistas de la Casa Arana les cercenaban extremidades completas a los indios que se alzaban con los “adelantos” que les hacían para ser pagados en bolones de siringa. No lo traigo a cuento por hacer una velada exaltación de Iván Ríos, sino para decir que la mutilación de cuerpos vivos o muertos para sembrar el terror es una de nuestras tradiciones, que no por repugnante deja de ser una de las más caras costumbres hispanas. No hace mucho, durante esa guerra civil no declarada, llamada eufemísticamente la Violencia, los jefes chulavitas —los parapolíticos de la época— pagaban a sus secuaces las recompensas por orejas, dedos, manos cortadas.

Muchos relatos coinciden en el mismo punto. Repito: es un método probado para aterrorizar e imponer a una población el respeto y el acatamiento al orden. A un determinado orden que renuncia así a su legitimidad. Lo hemos vivido en nuestras propias narices y lo ignoramos. O el terror mismo nos obliga a olvidarlo y a dar por sentado que si se recuerda, se está mintiendo. No hace mucho la revista Semana publicó un catálogo de atrocidades practicadas por las Auc: piras hechas con llantas donde se metía al cliente amarrado y del que no quedaba ni rastro; vientres abiertos para impedir que los cadáveres flotaran, mutilación de partes sexuales, decapitaciones, degollamientos.

Algún día el país descubrirá toda la bestialidad encerrada en la guerra, de la que, claro está, no son ajenas las guerrillas. Tampoco lo es la tradición hispánica del secuestro, llamado por los tratadistas rescate. Baste con recordar uno, el de Atahualpa por Pizarro en Cajamarca: su libertad fue tasada en dos habitaciones repletas de oro, que sumaron 5.934 kilos, pero de todas maneras, una vez contado el tesoro, el conquistador lo asesinó.

En nuestras guerras civiles se usó también la misma modalidad: se entraba a saco a un pueblo, se tomaban presos los jefes del partido contrario que tuvieran plata y se procedía de acuerdo con la necesitad de la guerra declarada por el general victorioso y a las palancas que pudieran atravesar los retenidos en su favor. Todo lo cual no busca justificar tan horrendas instituciones sino tratar de explicar su raíz. Lo monstruoso es su vigencia actual.

El viernes 8 de marzo, mientras el presidente hablaba en la Cumbre de Río y agitaba las cifras que saca a relucir cada vez que habla —entre otras la reducción de asesinatos de sindicalistas—, a esa hora, digo, asesinaban en su apartamento a Leonidas Gómez Rozo, presidente del sindicato del Citibank, cofundador de la Unión Nacional de Empleados Bancarios, UNEB, destacado dirigente de la CUT. A su muerte hacía parte del Ejecutivo Distrital del Polo Democrático.

Desde hacía un año había sido declarado objetivo militar por el grupo paramilitar ‘Águilas Negras’. Sus compañeros lo encontraron el sábado amarrado a una silla, con numerosas puñaladas y degollado. Nada le robaron los criminales, salvo el computador y sus celulares. Uno no sabe ya si matan para callar a un ciudadano, para hacer hablar a su computador o para llenar los discos duros de la información que sus enemigos necesitan.

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Eduardito Escobar, aburrido de esperar su nombramiento como agregado cultural de cualquier consulado, ha resuelto fungir, como dicen ahora los poetas, de comentarista de moda masculina. Escribió hace poco que Uribe se batió como un león contra Correa, Chávez y Ortega, gracias a que ese día el gladiador usó un impecable vestido gris perla que transparentaba su transparencia. Al ritmo que va, Eduardito terminará como asesor de imagen de José Obdulio, un reto.

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