Opinión| 20 Nov 2008 - 7:50 pm
En medio
Puente mortal
Por: Ana María Cano Posada
Nada podía anticipar el final abrupto y trágico de unas casas que lindaban sólidas una al lado de la otra. Sólo al cabo de muchos recuentos puede rescatarse la mención que unos habitantes hicieron días antes sobre el agua que apareció por el piso y que creían ser un daño casual sin señal de alarma. Una montaña de casi 590 mil metros cúbicos de tierra sólo roncó antes de desplomarse sobre aquellos 12 durmientes que recibieron así la muerte de un tajo, con sus casas desplomadas y borradas en un inusitado derrumbe de madrugada.
Un sobrino había venido de Bogotá a pasar el puente con sus primos. Un papá había cambiado su regreso de Montería para el domingo y había dejado a su mujer y sus dos hijos solos al comienzo de puente. Dos familias habían decidido hacer un paseo a Suroeste la víspera y dejaron la casa. El dueño de la maquinaria de excavación preguntó dónde era la emergencia y le dieron el nombre de la urbanización donde vivía su hermano con sus hijos y su cuñada. Los dos adultos que compartían los apacibles días de descanso con el muchacho soltero de 27 años, iban a ser los últimos en encontrarse. El libro rescatado de una mesa de noche y el álbum de fotografías resultaron detalles reconocibles entre los indiscriminados destrozos de tanta vida regada y terminada de golpe. El ex Juan Valdez que se libró de estar entre las víctimas. La vecina que cuenta que se asomó al clarear y no vio la casa del lado pero en cambio la atajaba un morro de tierra para salir y les entregó en brazos su hija a los sobrevivientes de la de arriba. Los habitantes alrededor reciben como palazos las constancias del azar que contiene la escabrosa facilidad de aquella mañana final. El paulatino descubrimiento de los oprobios que con caños y aguas servidas habían hecho los constructores en esa montaña boscosa tan parecida a otras que se ven en conjunto como una ciudad vertical que se descuelga de arriba a abajo al oriente de Medellín. La voz de temor y de tristeza se esparció como una sirena, pero la paradoja que albergaba era que esta vez el hecho brutal ocurría entre personas que se sentían invulnerables. “En el exclusivo barrio El Poblado”, decía hasta la CNN.
Esa era la diferencia. De las habituales tragedias donde se establece la parquedad de los datos con el número de afectados, el volumen de tierra, el nombre del barrio, la hora, los nombres de dos o tres que al paso son identificados, esta que pasó arrastraba con ella vidas privadas, asuntos técnicos, anécdotas y augurios. Los periodistas que tenían que cubrir aquel suceso tenían la inexperiencia de una historia que reconstruía detalles hirientes de la vida cotidiana que rodea a la muerte. Y repetían todos que se trata de personas que piensan que nunca estas cosas les pueden pasar. Pero que como las otras víctimas tan habituales, estos sobrevivientes también quedan en cero.
Con algún maletín salen entre tierra removida los que la tragedia les pasó por el lado raspándolos. Encontrar la causa de este desplome absurdo urge para los que sienten que se movió el piso. La noticia tiene la tragedia inédita de los exclusivos donde el absurdo parece verse mejor. Aunque sea idéntica la muerte.
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Ana María Cano Posada
Opiniones
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Como es ya una costumbre inveterada, los constructores responderán la tan cínica respuesta " ESO FUE A MIS ESPALDAS "
Es una columna sensible, que pone a pensar.
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