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Si algo hay difícil en el mundo contemporáneo es el ejercicio de la democracia. Su praxis supone una cultura que no parece haber asimilado nuestra América, ni en la cúpula, ni en la base. Sobre todo en la cúpula. Claro, la democracia significa debate, controversia, polémica, incluso agitación intelectual y política. Pero embargo también significa respeto.
Debate y agitación para promover las ideas propias. Respeto para garantizar los derechos del “otro” y evitar la tentación de invadir su legítimo espacio. La democracia no es confrontación pura y simple porque en su ámbito no puede haber enemigos sino adversarios. O simplemente dos o más visiones distintas que han de coexistir en medio de la diversidad propia de las sociedades plurales. Es refrescante registrar como esa convivencia se nota en no pocas de las provincias colombianas.
La democracia supone un cabal ejercicio de la política, entendida ésta como sustituto de la guerra, no como su prolongación hasta la victoria de un bando y la derrota de otro. La guerra es la negación de la política y, por lo mismo, la negación de la democracia. No sólo la guerra “caliente”, sino también la guerra fría. No sólo el choque de fuerzas armadas, sino el choque de palabras armadas. Es decir, el enfrentamiento a base de insultos y agravios.
Pero también la guerra soterrada. Aquella que se hace por debajo de la superficie. No produce ningún efecto visible en “el otro” pero sí afecta su dignidad o su patrimonio moral. Es lástima: Cada día que pasa se pone en evidencia la falta de cultura democrática en dirigentes con inmensas responsabilidades en un subcontinente como el nuestro, tan necesitado de consensos y tan prisionero de peleas entre jefes de Estado.
Fidel Castro –el líder vivo más importante de América y uno de los más conspicuos del mundo- desde la cima de sus años y la autoridad de su experiencia escribió en su columna del diario cubano “Granma” (febrero 1/08) el siguiente texto: “Le expliqué (a Lula) que Cuba sostenía relaciones de amistad con todos los países de América Latina y el Caribe, sean de izquierda o de derecha. Hace rato trazamos esa línea y no la cambiaremos; cualquier gestión en favor de la paz entre los pueblos estamos dispuestos a apoyarla. Es un terreno espinoso y difícil, pero perseveraremos en él”. Esa es una postura democrática, de alguien que tiene conciencia de la necesidad de la integración iberoamericana.
Es lección deben ser atendida por algunos de los gobiernos de la región que han tenido algún vínculo –o por alguna razón quieren tenerlo- con el conflicto interno colombiano: Chávez, Correa, Ortega, Kirchner. Sin dudar de su buena fe resulta evidente que su percepción de nuestro conflicto es distinta a la que tiene el colombiano común. Por eso, a éste le parece que aquellos actúan, a veces, de manera ingenua y a veces de manera perversa. Tienen del conflicto una visión ideologizada, es decir, no objetiva. Y como bien se sabe desde Marx, la ideología es una forma de falsear la realidad.
La ideologización se convirtió en un dogma laico, pero eso no lo entienden bien sino los hombres de ideas. Los referidos gobernantes son, más bien, hombres de acción. Las actitudes de Chávez en los últimos días constituyen un nuevo despropósito. Entre más insultante es su lenguaje menos creíble resultan sus afirmaciones y más aprestigia entre los colombianos al presidente Uribe. Chávez está utilizando la dialéctica de la provocación.
Para el presidente Correa las fronteras no son un vínculo sino una muralla. “Me tiene sin cuidado lo que Estados Unidos, Colombia o Interpol vayan a opinar de los documentos del computador de Reyes”, le dijo a “El Espectador” (mayo 15/08). Semejantes afirmaciones no sólo son descomedidas diplomática y políticamente. También van a contrapelo de la democracia, pues ésta supone la afirmación del dialogo con “el otro” y no su negación.
Evo Morales, en cambio, representa una paradoja. Al interior de su país ha tenido graves problemas con la oposición, pero se proyecta hacia afuera como partidario del diálogo regional. No utiliza el agravio ni quema naves que luego puede necesitar para otras gestiones políticas. La historia pesa. Al fin y al cabo Morales representa a unas comunidades ancestrales que tienen cinco mil años de historia.
El presidente Uribe también debe sacar conclusiones de todo este complejo proceso. Ha propinado golpes tan duros a los grupos armados ilegales que ya puede pensar en una estrategia para dialogar con ellos. Lo escribí en esta columna hace algún tiempo: Terminar con una guerra –sin sembrar la semilla de otra- supone ofrecer opciones de legitimación al adversario.
A Uribe se le va la mano cuando mira con espejo retrovisor a sus opositores, pues el país está reclamando consensos y no polarizaciones. Pero hace bien en guardar silencio frente al ataque de sus colegas. Hacen mal éstos en tramitar sus diferencias a base de brabuconadas. Para eso existen procedimientos elaborados en medio del derecho. Definitivamente Gaitán tenía razón: el pueblo es superior a sus dirigentes.
Ex senador, profesor universitario.
