Por: Catalina Ruiz-Navarro

Hacia un feminismo innecesario

Hoy muchas mujeres podemos votar, usar pantalón o falda según la preferencia, sabemos leer, escribir, sumar, restar, disfrutar de que sea ilegal que el novio o marido nos dé una muenda y de la posibilidad de tener propiedades.

En gran parte, todo esto, que muchas mujeres occidentales de hoy dan por sentado, es obra de un poco más de 100 años de movimiento feminista. ¿Por qué entonces un movimiento que nos ha traído tantas ventajas tiene tantos detractores?

Mi primera respuesta es que la palabra feminista resultó asociada con mujeres desentendidas de su aspecto,  amargadas y que odian a los hombres, con las que muchas no podemos identificarnos. Sin embargo esta imagen es una caricatura que no representa las premisas básicos que ha defendido este movimiento: una igualdad de los derechos de las mujeres con los de los hombres, tan sencillo como eso. Lo dice Wikipedia: “En general, los feminismos realizan una crítica a la desigualdad social de las mujeres frente a los varones, y reclaman la eliminación del sentimiento de inferioridad con respecto al hombre”.

Diversos historiadores están de acuerdo en que el feminismo ha tenido 3 olas, la primera comenzó en el Reino Unido y EEUU en el siglo XIX, y consiguió el voto para las mujeres. La segunda ola, que comenzó en la década de 1960, no se ocupó tanto de inequidades de facto, sino de rebelarse ante las desigualdades de los roles sociales, las mujeres fueron a la universidad, quemaron brassieres, se divorciaron, satanizaron el porno y se fueron a trabajar empantalonadas, pero en cierto momento se pasaron de radicales y he ahí el mal sabor que dejó el feminismo.

Esta segunda ola se acaba en la década de 1980, y la tercera ola aparece a finales de los 90. Cito una de sus frases de batalla “es posible tener un wonder bra y un cerebro, simultáneamente” (Pinkfloor). Esta última ola del feminismo está impulsada por el pensamiento poscolonial y posmoderno y ya no se cree la idea de un universal de mujer, ya no ataca a las Barbies si no que las incluye, y sus militantes volvieron a los tacones y al pintalabios rojo, esas cosas, que en la segunda ola se asociaban a la opresión masculina.

La tercera ola se mueve mucho por internet, por eso a veces se le llama feminismo cybergrrl, o simplemente grrl, lingo cibernético para “great girl” (chica fantástica). Este es un feminismo que no funciona en términos de “ellos y nosotras” y que no trata de ocultar la feminidad. Y feminidad no es cuerpo de guitarra, feminidad es poder escoger honestamente qué tipo de mujer quiere uno ser (incluso es escoger no ser mujer), por eso este es un feminismo que pelea por la reina de belleza con bigote y la bibliotecaria con silicona, siempre y cuando ellas mismas elijan conscientemente su vida y su apariencia.

Tal vez ahora usted se reconoce en uno de estos matices feministas. O tal vez usted me diga que su vida, y el ambiente en que se ha movido, no la ha discriminado en virtud de su género, y que antes que como mujer, usted se reconoce como individuo o como persona, y que frente a eso el feminismo es innecesario. ¡Maravilloso! Un movimiento se prueba exitoso cuando resulta innecesario, cuando sus luchas no hay que lucharlas más y sus objeciones resultan obvias.

Pienso que feministas o no, las mujeres colombianas debemos reconocer a nuestras antecesoras valientes que pusieron el pecho y los pechos a un mundo que no las incluía. Yo me reconozco feminista porque quiero honrar este legado, y porque pienso que este movimiento todavía puede aportar muchísimo a realizar el ideal una sociedad diversa e igualitaria –un oximoron (como libertad y orden), que no por utópico es un despropósito

En Colombia, el feminismo solo es innecesario en unas pequeñas élites. Este país todavía necesita del feminismo porque falta mucho para un respeto real, porque a muchas mujeres les pagan menos, las menosprecian y son violentadas, en virtud de su sexo. Porque algunas de la minoría privilegiada que no tiene esos problemas se piensan mejor que el ama-de-casa-maltratada o la mojigata-recién-preñada, marginándolas en vez de solidarizarse. Colombia necesita un feminismo fuerte que desmienta esa idea de que las mujeres se saltan mutuamente a la yugular y que no caiga en el facilismo enervante de la discriminación positiva. Así podremos pensar en un futuro en el que el feminismo sea realmente innecesario para todos.

Catalinapordios.blogspot.com

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro