Christopher Hitchens 20 Sep 2008 - 1:07 am

Palabras Combativas

El problema es Pakistán

Christopher Hitchens

UN EXCELENTE ARTÍCULO DE FRAser Nelson publicado en la revista londinense The Spectator en los últimos días de julio lo explicó de la manera más sucinta posible: “En una cena reciente en la embajada británica en Kabul, uno de los invitados aludió a la ‘guerra afgano-paquistaní’. El resto de los comensales enmudecieron.

Por: Christopher Hitchens
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Ésta es la verdad que nadie se anima a decir. Incluso mencionarla en privado en la zona verde de la capital afgana genera murmullos de desaprobación. Pocos quieren aceptar que la guerra se está extendiendo y que ahora involucra a Pakistán, un país con un gobierno inestable y que posee armas nucleares”.

“No mencionen la guerra”, insiste Basil con creciente histeria en Fawlty Towers. Y, cuando se discute el agravamiento de la crisis en Afganistán, la mayoría de las personas parecen evitar de manera deliberada frases tan elocuentes como “agresión paquistaní” o —para decirlo con más precisión— “colonialismo paquistaní”.

La verdad es que el Talibán, y sus huéspedes de al-Qaeda, fueron impuestos originalmente en Afganistán como una proyección del poder del Estado paquistaní. (Junto con Pakistán, únicamente Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos reconocieron en una época al Talibán como el gobierno legal de Kabul).

Círculos importantes de Pakistán nunca han renunciado a la aspiración de manejar a Afganistán como un Estado cliente, dependiente o delegado, y este modo de pensar colonial predomina entre altos oficiales del ejército o la ISI, la agencia de los servicios de inteligencia.

Todos fuimos advertidos de esto hace muchos años. Cuando el gobierno de Bill Clinton lanzó misiles crucero en Afganistán como represalia por los ataques a nuestras embajadas en África Oriental, los misiles no tocaron un pelo a Osama bin Laden, pero se las arreglaron para matar a dos funcionarios de la ISI. En esa ocasión, nadie preguntó con suficiente vigor: ¿qué estaban haciendo esos funcionarios de la inteligencia paquistaní en un campamento de al-Qaeda?

En aquellos años, como en previas épocas, no se formulaban preguntas difíciles a Pakistán. Sucesivas administraciones de Estados Unidos solían certificar ante el Congreso, de manera rutinaria, que Pakistán no estaba usufructuando la ayuda de Estados Unidos (y la indulgencia de Estados Unidos sobre la guerra antisoviética en Afganistán) para fabricar armas nucleares.

En realidad, no fue sino después del 11 de septiembre del 2001 que nos enteramos de que dos de los científicos nucleares más importantes de Pakistán —Mirza Yusuf Baig y Chaudry Abdul Majid— habían sido arrestados y se les había “interrogado” sobre sus estrechas relaciones con el Talibán.

Pero en aquellos días tampoco sentíamos curiosidad por el hecho de que el jefe del operativo nuclear paquistaní, A.Q. Khan, hubiera creado una empresa de venta de materiales atómicos y estuviera vendiendo sus apocalípticas mercancías a regímenes tan diferentes como los de Libia y Corea del Norte, a veces utilizando aviones de la fuerza aérea paquistaní para enviar su parafernalia.

El propio nombre Pakistán demuestra la naturaleza del problema. No es un país real o una nación. Se trata de un acrónimo inventado en la década del treinta del siglo pasado por un musulmán llamado Choudhry Rahmat Ali, quien deseaba la separación de la India. Significa, en inglés, “Punjab, Afghania, Kashmir e Indus-Sind”. El sufijo “-stan” simplemente significa “tierra”. En el idioma urdu, el acrónimo resultante significa “tierra de los puros”.

Puede verse que ese nombre expresa tendencias expansionistas y también esconde las discriminatorias. Por ejemplo, Kashmir (Cachemira) es parte de la India. Los afganos son musulmanes, pero no forman parte de Pakistán. La mayor parte de Punjab está también en la India. Es interesante también que no hay “B” en ese acrónimo. Y eso a pesar de que el país contenía al principio la parte este de Bengala (ahora Bangladesh, tras librar una guerra de independencia contra la genocida represión paquistaní) y todavía incluye Baluchistán, una intranquila y abandonada provincia que ha estado librando una lucha secesionista de bajo nivel durante décadas.

La “P” viene primero solamente porque Pakistán es esencialmente la propiedad de la casta militar punjabi (que odiaba a la asesinada ex primera ministra Benazir Bhutto, porque ella provenía de los sind). Como escribí alguna vez, el nombre del país “podría fácilmente ser traducido como ‘Akpistán’ o ‘Kapistán’, dependiendo si el principal frente de batalla es Afganistán o Kashmir (Cachemira)”.

Podría haber redactado eso con algo más de precisión. Pues el motivo original paquistaní para anexar y controlar Afganistán es la adquisición de una “profundidad estratégica” debido a su interminable rivalidad con India respecto a Cachemira. Y esa disputa se volvió termonuclear mientras nosotros simplemente observábamos. Uno de los más memorables (y pasados por alto) cambios de la política exterior del gobierno de George W. Bush después del 11 de septiembre fue alejarse de nuestra peligrosa dependencia regional del inconfiable y destartalado Pakistán y tratar un acercamiento mucho más generoso con la India, el otro gran Estado del mundo federal, democrático y multiétnico.

Recientes informaciones de violencia homicida en importantes ciudades de dos de nuestros aliados, India y Afganistán, hacen presumir, de manera bastante abrumadora, que las bombas no fueron colocadas por “insurgentes” locales o del país sino por agentes de la ISI de Pakistán. Se trata de una situación inaceptable y debe recibir el correcto calificativo de terrorismo patrocinado por el Estado. Mientras tanto, y en el suelo paquistaní y bajo las propias narices de su ejército y del ISI, la ciudad de Quetta y las llamadas Áreas Tribales Administradas por el Gobierno Federal se están convirtiendo en terreno propicio para un al-Qaeda reorganizado y protegido.

El senador Barack Obama ha sido, de los dos candidatos presidenciales, el más claro en enfatizar el peligro y la necesidad de actuar sin demasiados reparos contra nuestro presunto aliado de Islamabad. Obama comenzó a formular sus denuncias cuando era mucho más simple oponer la “buena” guerra en Afganistán con la “mala” en Irak. Eso no importa ahora, él está comprometido en avanzar una proyección seria del poder estadounidense en el corazón de nuestro más letal enemigo.

Y esa, creo yo, es otra razón por la cual tantas personas se muestran renuentes a emplear descripciones verdaderas sobre la emergente confrontación afgano-paquistaní. Los liberales estadounidenses no se animan a enfrentar el hecho de que si Obama gana en noviembre, y si habló con seriedad, eso significa una guerra más amarga y más prolongada, no lo contrario.

 

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman)

 c.2008 WPNI Slate.

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