Por: Christopher Hitchens

Recordando a Norman Mailer

"La cultura", dijo en 1981 Norman Mailer, de manera pugnaz, "merece un poco de riesgo". Lo dijo poco después de que un peligroso convicto, por cuya liberación realizó una ardiente campaña, asesinó a puñaladas a un camarero. Pero recuerdo mi admiración frente a la audacia de Mailer, aunque me inquietaba su promiscuidad. Y supongo que no es realmente posible una evaluación del hombre sin hacer un estudio comparativo de esas dos capacidades.

Debo agregar que es bastante difícil imaginar el escenario cultural sin Mailer, quien falleció el sábado a los 84 años de edad.

¿Has leído Los desnudos y los muertos?", le escribió en 1949, pocos meses antes de su muerte, George Orwell a su amigo David Astor, el editor de periódicos. "Es terriblemente bueno, hasta ahora el mejor libro sobre la última guerra".

Para aquellos que tenemos que aceptar, por más aburridos que estemos con la idea, ser parte de la generación boomer de la posguerra, es impresionante reflexionar sobre la cantidad de acontecimientos importantes que llevaron la marca de Mailer: los años de los Kennedy (con un desvío por Marilyn Monroe y un largo paréntesis por el asesinato), la revolución cubana, la agonía de Vietnam, la misión Apollo y la sombra negra de Richard Nixon: todos ellos fueron narrados o encapsulados por los episodios de Mailer desde The Deer Park, The Armies of the Night, Miami and the Siege of Chicago, Of a Fire on the Moon, y muchos textos buenos pero menores para revistas o para periódicos "alternativos" (Dissent, the Village Voice) que él ayudó a fundar y revistió de energía.

Sí, consideró algo valioso asumir riesgos y no solamente por el resto de la sociedad (aunque eso incluyó su recomendación de la libertad bajo palabra al asesino Jack Henry Abbott, o las cosas exorbitantes que escribió en The White Negro), pero también y orgullosamente por él mismo. Eso incluyó viajar en un furgón policial acompañado de Noam Chomsky y de un nazi norteamericano; viajar al Congo a presenciar el combate entre Muhammad Ali y George Foreman, en 1974; postularse a alcalde de Nueva York teniendo como jefe de campaña al periodista Jimmy Breslin; caerse a golpes con camaradas de ruta estalinistas en compañía de su viejo amigo Jean Malaquais, el escritor troskista, como mentor intelectual; descubrir la personalidad de Gary Gilmore en The Executioner's Song, y advertir que ese asesino frío como una piedra que deseaba morir era la negación de los liberales de corazón sangrante, y tal vez el aperitivo que precedía a los años de Reagan.

Pese a su diminuta estatura, Mailer corrió un enorme riesgo que muy pocos están dispuestos a correr. Quiero decir, el peligro de simplemente parecer ridículo.

Una vez casi pierde un ojo en una pelea en un bar porque pensó que alguien había sugerido que existían características homosexuales... en su perro. ("Nadie acusa a mi perro de ser un marica", dijo). Se emborrachó y quedó como un completo idiota en el programa de televisión The Dick Cavett Show, cuando discutió con el novelista Gore Vidal y con Janet Flanner, la corresponsal en París del New Yorker. Y luego, reimprimió la transcripción completa de la humillación como parte de un artículo. En esa ocasión, y en muchas, muchas otras, comenzando con An American Dream, manifestó una obsesión con la sodomía que fue algo bastante más (y tal vez incluso bastante menos) que una cuestión de machismo.

Una vez cometí el error de preguntarle sobre eso en un programa de televisión: ¿Por qué esa fijación con la penetración anal y sus oportunidades, hombre-en-hombre u hombre-en-mujer? Tomando mi ejemplar de su terrible novela Tough Guys Don't Dance, garabateó una inscripción que prometía venganza, y más tarde dio una entrevista en la cual dijo que el libro había sido mal recibido en Londres a raíz de una camarilla de críticos maricones organizada por mí, Martin Amis, e Ian Hamilton.

Pero todo su machismo y delincuencia, incluyendo el apuñalamiento casi fatal de una de sus seis esposas, parecía solamente incrementar la cifra de personas -incluyendo la esposa apuñalada- que encontraban modos nuevos de perdonarlo. Incluso Vidal, no un perdonador profesional, fue una vez cariñoso a regañadientes. Parafraseando lo dicho por Vidal, podría decirse que Mailer siempre fue un afirmador de la vida, y que su famosa y arrogante mueca era algo que incluso sus enemigos tenían que envidiar.

La afirmación de la vida puede ser verdad incluso en su obra más desconcertante, The Time of Her Time, que apareció en 1959 en Advertisements for Myself. Allí, ofreció en una docena de páginas la descripción de una heroica batalla para conseguir que una testaruda mujer tuviera un orgasmo. (El método que su personaje finalmente emplea es tan clandestino que no lo citaré. De ese modo, obligaré al lector a que lo busque). Unos cuantos años más tarde, volvió a imprimir la total locura y sostuvo que su publicación original había dado coraje a un editor dubitativo para publicar Lolita, la novela de la cual, aseguró, The Time of Her Time era "el padrino".

Mailer probó de todo al menos una vez, desde la actuación hasta la dirección, hasta el boxeo, hasta (lo peor de todo, en mi experiencia) cocinar. Y si no funcionaba, bueno, la oportunidad había valido la pena.

Acostumbraba a decirme con perfecta solemnidad que era un "conservador de izquierda", y esta quijotesca descripción tiene una pátina de verdad. Probablemente más que cualquier otra cosa, Mailer fue un libertario y un enemigo de cualquier sistema o modo de pensar que envolviera lo crítico (feminismo) o lo grandioso (imperialismo/comunismo). Su obra maestra, al menos en mi opinión, es Harlot's Ghost (1991), una novela sobre el estado de seguridad nacional que está muy cerca de hacer realidad la ambición balzaciana que había concebido. Qué vergüenza que fue tan mal recibida por los críticos y que él nunca entregó el segundo volumen que había prometido. En lugar de eso, perdió buena parte de las últimas dos décadas en ensayos y ficciones sobre la teología de la liberación -de todas las cosas lamentables- y en materiales donde consideraba a George Bush como un macho que se había equivocado.

¿En dónde diablos, siempre le quise preguntar, había algún riesgo cultural en eso?

* Columnista de Vanity Fair y de Slate.c.2007 WPNI Slate

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