Opinión |19 Mayo 2009 - 8:44 pm

Daniel García-Peña

Desde chiquito

Por: Daniel García-Peña

LUEGO DE UNA INCREÍBLE CAMPAña de expectativa, coincidiendo con la publicación de sendas encuestas mostrándolo como el más fuerte aspirante a heredero de la corona uribista y en medio de una impecable coreografía presidencial, la renuncia de Juan Manuel Santos, como Ministro de Defensa, tuvo un fuerte tufo de lanzamiento como candidato, pese a su insistencia en que aún no lo es.

No es de extrañarse. Santos ha querido ser Presidente desde chiquito. Su paso por la academia naval a lo Kennedy, sus ministerios con Gaviria, Pastrana y Uribe, su magistral desempeño como maestro de ceremonias del súper-espectáculo “Operación Jaque”, todos fueron marcados por su evidente ambición.

El dilema de Santos es que el principal obstáculo para lograr su cometido es precisamente quien ha sido responsable por buena parte de su actual éxito: el presidente Uribe.

No cabe duda que Uribe quiere ser candidato y que está haciendo todo lo posible para lograrlo. Pero una cosa es el querer del Presidente y sus secuaces y otra muy diferente, las posibilidades reales.  Sin duda, el obstáculo mayor sigue siendo los 7,2 millones de votos requeridos para la aprobación del referendo reeleccionista. Aunque los niveles de popularidad e intención de voto por Uribe se mantienen altos, ambos vienen cayendo.

A la vez, se han venido aumentando las voces de oposición a la reelección. Al Polo y al Partido Liberal se vienen sumando la Conferencia Episcopal, los ex presidentes Samper y Pastrana, la Iglesia, destacados uribistas, sectores empresariales, columnistas de opinión. He escuchado a más de uno afirmar que Uribe es el mejor Presidente que Colombia haya tenido en toda su historia, pero que ya cumplió su cometido. Hoy el uribismo no reeleccionista es el sector político de mayor crecimiento en el país.

También se escucha a quienes les gusta Uribe, pero que piensan más en sus propios intereses. Con los nuevos vientos de cambio a nivel global, no quieren cargar con el costo de casarse para siempre con un gobierno cada vez más contaminado por el narcoparamilitarismo.

 Es improbable que el Gobierno gringo se pronuncie de manera pública y oficial sobre un asunto que es claramente de resorte nacional. Pero no se tiene que indagar mucho en Washington para palpar que aún en los sectores más propensos al Gobierno, la opinión de la amplia mayoría es que una tercera reelección de Uribe sería altamente inconveniente, no sólo por los efectos que pueda tener sobre la democracia en Colombia sino por las implicaciones en un vecindario andino fértil para mesianismos reeleccionistas.

 De hecho, Arturo Valenzuela, quien acaba de ser nominado por el presidente Obama para manejar los asuntos latinoamericanos en el Departamento de Estado, el año pasado en un foro en Bogotá habló de los riesgos de la perpetuación en el poder.

La renuncia de Santos y el lanzamiento de su candidatura “porsiaca” es un indicio más de que por mucho que Uribe y los furibistas quieran y crean en la reelección, más de uno, en la coalición gobiernista, está pensando más en su propio pellejo que en el destino del Presidente (o del país).

 

danielgarciapena@hotmail.com

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