Opinión |29 Jun 2009 - 7:33 pm
Colonbia
Por: Daniel Pacheco
A PRINCIPIOS DE JULIO FUE REMOvida de las calles de Caracas la última estatua de Cristóbal Colón, ubicada en el parque El Calvario.
Este es el capítulo más reciente de las desavenencias de Hugo Chávez con el genovés. Pero el calvario del almirante en Venezuela comenzó realmente el 12 de octubre de 2003, cuando el coronel decidió rebautizar la jornada de la Hispanidad como el Día de la Resistencia Indígena.
Exactamente un año después la nueva historia de la revolución bolivariana se hizo presente cuando un grupo de vándalos, presumiblemente indígenas en resistencia, derribaron una estatua de Colón y la arrastraron por las calles caraqueñas. Aunque la estatua fue recuperada y restaurada, las autoridades anunciaron que perdió su pedestal en el espacio público.
Según Chávez, “Cristóbal Colón fue el jefe de una invasión que produjo un genocidio”. De ahí que, como añade Jorge Rodríguez, alcalde chavista de Caracas, poner un monumento de Colón sea “tan injustificado como colocar una estatua de Adolfo Hitler en Berlín”.
Esta postura revisionista ha irritado a varios historiadores venezolanos. Para el académico Elías Pino, “quitar la estatua de Colón es levantar la estatua de la estupidez humana y el disparate político. El Presidente pretende lo imposible: borrar la historia de Venezuela y de América Latina para hacer una a su gusto”.
Desde un punto de vista más provocador, puede que Chávez esté más interesado en la memoria que en la historia. Es Pierre Nora, un historiador francés, quien dice que “no hay que confundir la historia con la memoria”. Para Nora la memoria “es el recuerdo de un pasado vivido”, mientras la historia es la reconstrucción del pasado a partir del análisis de los rastros que efectivamente dejó. La memoria es psicológica, manipulable y emocional, y la historia es intelectual, objetiva y analítica.
La caída de Colón es más provocadora como una utilización chavista de la memoria, porque nos impide descartar lo que sucede en Venezuela como un mero error histórico o un capricho personal (a propósito del busto de Tirofijo en Caracas), y a la vez nos obliga a reflexionar sobre la memoria que nosotros, los de Colombia, construimos de Colón.
¿Lleva nuestro país el nombre de un “genocida”? Para responder desde la memoria no sirve saber si en verdad Colón mató o no mató indígenas, sino cómo lo recordamos. Al buscar en los monumentos, parecería que su memoria nos tiene sin mucho cuidado: eso sugiere el brazo de su estatua, hoy en la avenida Eldorado luego de dos trasteos, que no apunta hacia el Occidente, “donde dormía el nuevo mundo”, como era la intención original, sino hacia el Sur.
Si uno quiere que Colombia no tenga nombre de genocida, vale poco enderezar la estatua sin empezar a recordar también las cosas buenas que llegaron en la Santa María. Los dejo con mi aporte:
Gracias Cristóbal por traer gallinas para el sancocho, vacas para el asado, destilerías para el aguardiente, hierro para los machetes, trigo para el pan y café para la mañana (por ahí se te colaron las ratas, la gripe y la viruela, pero bueno, nadie es perfecto). No olvido que gracias a ti las mujeres tienen braziere y los hombres barba. Y sobre todo, Cristóbal, gracias porque te escribo en español. Saludos de Colonbia.
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