Opinión| 12 Sep 2008 - 8:20 pm
Itinerario
El camino de las flores de loto
Por: Diana Castro Benetti
Porque justo en el borde de las ansiedades, las tristezas o los malos genios, es la respiración la que ayuda a barrer cada basurita enconada. Pero como sabemos bien que no todos los días son iguales, por horas, los precipicios se transforman en las alturas de una alquimia mágica y los picos se convierten en la visión perfecta de los caminos sagrados desde la fisiología propia.
Y aunque parezca fantasía, el camino de las flores de loto es fácil de encontrar. Hay que apretar fuerte la parte baja de la columna y con la imaginación bien activa, subir despacio por cada una de las vértebras buscando el canal vacío de la columna vertebral hasta llegar a la base del cráneo, seguir un poco más hasta encontrar la coronilla para detenerse lo suficiente en la mitad del cerebro. Camino que no está en las lejanías de un oriente de seda o en los cinco mil quinientos metros de una montaña andina. Este recorrido es el que, sin abrir los ojos en la mañana, nos despierta a los más extraños juegos entre tigres y dragones; una ruta que, sin ser jardín, refleja olores y colores de flores y que con cada pétalo abre la vía hacia la autonomía desde el cuerpo mismo.
Conocer las alturas de las mejores expresiones de sí mismo, requiere entonces de orfebrería. Requiere, por ejemplo, de la lentitud y el cuidado de respirar desde el cóccix hasta la base del cráneo y más allá; precisa, sobre todo, exhalar con suavidad en el sentido inverso. Sin afanes y como si cada paso dado fuera la dicha misma del andariego, para sentir a Shushumna, la Vía del Medio, hay que respirar, sentados, quietos y sin espantar la felicidad. En realidad, este camino tántrico, alquímico y yóguico significa poder abandonar el infierno a su propio desatino para encontrar la valentía de saberse oro puro mezclado con ambrosía.
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Diana Castro Benetti
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