Opinión |21 Oct 2009 - 10:11 pm

Elisabeth Ungar Bleier

La emergencia ética

Por: Elisabeth Ungar Bleier

"Nuestros ojos ven a los demás pero no  pueden verse a sí mismos"  Autor desconocido

EN LAS ÚLTIMAS SEMANAS, EL TEma de la corrupción ha ocupado un lugar protagónico en las noticias, los editoriales y las columnas de opinión de los principales medios de comunicación del país. Además, fue el eje temático del último consejo comunitario convocado hace unos días por el Presidente de la República.

Este protagonismo responde a los diversos escándalos de corrupción que han salido a la luz pública y que han involucrado a funcionarios y ex funcionarios del Gobierno, a congresistas y empresarios que han promovido, permitido, cohonestado o se han beneficiado o beneficiado a otros, directamente o por interpuesta persona, de estas actuaciones irregulares.

Es muy importante que estos hechos se hayan conocido y que los ciudadanos tomen conciencia de que la corrupción los afecta, porque implica el manejo de recursos y bienes públicos para beneficio de unos pocos. Pero además, para que se entienda que detrás de decisiones aparentemente amparadas en la ley se pueden esconder prácticas ilegales o por lo menos abiertamente ilegítimas. Para que no se sigan empleando excusas como “por qué tanto escándalo si siempre ha habido corrupción” o “para qué denuncio si no va a pasar nada”. Y por supuesto, para que no se siga difundiendo la idea de que la corrupción es un asunto exclusivo de “los políticos”. Esta es una actuación de doble vía que involucra al que da, al que ofrece, al que recibe y al que le hace creer a los demás que no supo qué pasó a sus espaldas.

Ojalá este amplio y necesario cubrimiento mediático no sea un impulso pasajero o motivado solamente por la coyuntura electoral, sino una oportunidad para que el tema de la corrupción comience a ocupar de manera permanente y creciente un lugar preponderante en la agenda política del país.

La lucha contra la corrupción es mucho más que un problema de normas. Estas, por supuesto, son necesarias, pero son insuficientes. Los costos políticos, sociales, económicos y morales de la corrupción son un problema público de tal magnitud que ameritarían la declaratoria de una emergencia ética.

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