Por: Esteban Carlos Mejía

Gentecita del montón

POR ESA ÉPOCA, RUBIANO ERA BOGOtano y vivía en Manrique, en las laderas nororientales del valle de Aburrá. Trabajaba como corresponsal y fotógrafo de un periódico casi inexistente: doctrina densa, circulación azarosa (nunca o casi nunca), impresión mediocre. Un día lo mandaron a cubrir un paro cívico en Bello, a un extremo de Medellín.

Fuimos juntos. Las masas así se decía en 1976 no pasaban de doscientas o trescientas personas: obreros, señoras, estudiantes, muchachas en bluyines, vagos y viejitos pensionados. Once de la mañana, domingo, frente a la Alcaldía. Un concejal nos arengó desde una banca.

 Sonaron unos disparos: las masas no dudaron en dispersarse. Mientras huíamos (o nos replegábamos) por las solitarias vecindades, Rubiano tuvo el pulso firme (o tembloroso) para operar su Nikkon. La fotografía aún me parece perfecta: está movida y borrosa, eso sí, y se ve un gentío que brinca acá y allá, unos se agachan despavoridos, otros alzan los puños o abren las bocas, un fulano está a punto de caer al suelo. “Áhi no hay nada”, dijeron los comisarios del periódico y colgaron el material, incluida la crónica. “No son tiempos propicios para la ficción”, le dije a Rubiano, muy serio.

Pero él creía que sí. En 1981, su colección de cuentos ‘Gentecita del montón’ fue premiada por la Fundación Gubereck y Carlos Valencia Editores. Es una hermosa apología del delito de vivir. No le gustó a ciertas rémoras. A ver, ¿dónde están las masas? Hay que relatar las epopeyas del proletariado no las cucarronadas del lumpen. ¡Mucho diletante! Y todo porque Rubiano, con sutileza, se había arrimado al iceberg de la literatura y se había alejado a zancadas del albañal del panfleto.

Lectores menos ineptos apreciaron en ‘Gentecita del montón’ un distanciamiento del espíritu semirrural del cuento urbano colombiano y una aproximación poco condescendiente a la mezquindad y parvedad de la vida ordinaria. Fue, además, una apretada condensación de las lecturas perpetuas de Rubiano: el buen Capote, Faulkner, J. G. Ballard, Cortázar, Hemingway, J. D. Salinger, Cabrera Infante, Norman Mailler, Kurt Vonnegut, Herman Melville.

Rubiano se fue para Ecuador, en donde, aparte de escribir, se hizo famoso por ser el barman de la mejor taberna de salsa de Quito, Seseribó. En 1991 publicó ‘Alquimia de escritor’ (Intermedio Editores), selección de textos sobre su oficio, un clásico que se reedita cada dos por tres.

 Luego aparecieron ‘El informe de Galves y otros thrillers’ (Tercer Mundo Editores), mero rock’n’roll y cinema, y ‘Vamos a matar al dragoneante Peláez’ (Espasa), ¡full Bogotá! Y en 2001, su excelente novela ‘El anarquista jubilado’ (Espasa), gozoso homenaje a la utopía y a la desilusión de las generaciones del sesenta y el setenta y pico. Ahora escribe y toma fotos, conmovedores retratos fractales de esta capital en la que exhippies, ñeros y menesterosos del común intentan vivir o rehacer sus vidas.

En un país tan caudillista como Colombia no es de extrañar que también haya caudillos en literatura (Isaacs, Vargas Vila, García Márquez, en prosa) y que otras voces igual de memoriosas, imaginativas o mágicas estén condenadas a puñados de lectores sagaces, desprevenidos e inteligentes. Es el destino de los autores de culto, como Rubiano. Dios lo bendiga y la Virgen lo acompañe.

Rabito de paja. “—Él era un cliente especial. Era escritor, sabe usted… / —No, no lo sabía —dice Poncho—. ¿Y usted sí cree que los escritores son personas normales? / —Claro, escriben sobre lo que pasa en las camas de los demás. Les gusta mirar”. ‘El anarquista jubilado’. Roberto Rubiano Vargas. (Espasa, 2001)

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