Por: Hugo Sabogal

El Carménère ya tiene su Carmín

Esta variedad, emblemática del país austral, ahora forma parte de las cavas colombianas.

La variedad tinta Carménère, prima distante del Cabernet, cumple 15 años, en 2009, de haber sido redescubierta en Chile, a 7.000 kilómetros de su lugar de origen, en Francia. Durante más de 130 años, y en silencio, la Carménère sobrevivió, agazapada, en distantes fundos australes, en gran parte entrelazada con la Merlot. Si se quiere, la Carménère dejó de existir para muchas generaciones de fieles enófilos, especialmente aquellas que vivieron entre 1866 y 1994. Miles de bebedores nacieron, vivieron y murieron sin jamás saber de ella.

Incomprendida y relegada al papel de acompañante de cepas más prestigiosas en el pasado, la Carménère ha tenido que abrirse paso por sí sola en los últimos tres lustros, en medio de las naturales dificultades de adaptarse a una nueva vida y a unos nuevos anfitriones.

Pero con el apoyo institucional de Chile (es la cepa emblemática del país) y de cientos de enólogos y empresarios del vino, la Carménère ha logrado vencer obstáculos y convencer escépticos, hasta demostrar que puede alcanzar estrados de grandeza. Y aunque el mercado ofrece vinos Carménère de no muy buena factura, existen marcas insignes como Terrunyo, Montes PurpleAngel, Carmen Grande Vidure, Santa Helena Notas de Guarda, Laura Hartwig, Santa Ema, Errázuriz, Apaltagua, De Martino y Veramonte, entre otras. Pero la estrella más rutilante es Carmín de Peumo que, hasta hoy, ha alcanzado los puntajes más altos para la variedad en todos los rankings internacionales.

Sus primeras cosechas (2003 y 2005) han recibido 97 puntos de la revista Wine Advocate (del temido crítico Robert Parker) y 94 puntos de la revista Wine Spectator. Este viernes, Carmín de Peumo se lanzó en Colombia, generando gran expectativa.

La Carménère es originaria de la zona de Médoc, en Burdeos, al sudoeste de Francia. Allí, fue utilizada como uva de mezcla para reforzar el color en vinos elaborados con otras variedades de menor intensidad cromática, lo mismo que para mejorar cuerpo y complejidad.

Gracias a que la Carménère gozaba de aprecio por parte de los viticultores franceses, empresarios australes, como el chileno Silvestre Ochagavía, la incluyeron en su lista de compras cuando, a mediados del siglo XIX, viajaron a Francia para adquirir sarmientos de cepas finas. Por aquella época, las incipientes bodegas del Nuevo Mundo habían entrado en un proceso de renovación y querían superar la dependencia de las pocas variedades rústicas que los españoles habían traído a América en el siglo XVI.

Poco después de que empresarios como Ochagavía regresaron a sus países de origen, la plaga de la filoxera diezmó los viñedos de Francia y el resto de Europa. Y una de las variedades más afectadas fue la Carménère, que desapareció, prácticamente, del Viejo Continente.

Al llegar a Chile, especialmente por falta de conocimiento en su manejo y por su difícil adaptabilidad al suelo local, la Carménère no brilló con luz propia y terminó mezclándose con la Merlot en la mayoría de las fincas.

A principios de los años 90, sin embargo, un grupo de investigadores chilenos, encabezados por el profesor Philippo Pszczólkowski, de la Universidad Católica, comenzaron a tener dudas sobre la originalidad de algunas plantas de Merlot. El síntoma común era que tardaban más tiempo en alcanzar la madurez. En consecuencia, iniciaron una serie de estudios tendientes a resolver el enigma. En sus congresos de enología invitaban a expertos franceses para pedirles apoyo e ilustración.

En 1994, Pszczólkowski y sus colegas contaron con la presencia del experto francés Jean-Michel Boursiquot, quien hizo una verdadera disección de algunas de las cuestionadas plantas de Merlot y pronto dio su veredicto. No se trataba de Merlot, sino de Carménère. El mismo Pszczólkowski tuvo que recurrir a libros para aprender sobre la nueva variedad. A partir de ese momento se le sacó del olvido y Chile se convirtió en el territorio con las mayores plantaciones en el mundo. Hoy, la Carménère es la variedad emblemática del país austral.

Después de lidiar con la cepa durante años, el enólogo chileno Ignacio Recabarrén logró descifrar sus secretos y descubrió que la zona de Peumo, donde la Viña Concha y Toro tiene 203 hectáreas de Carménère de alta calidad, era privilegiada para cultivar la variedad. Escudriñó cada centímetro del suelo y encontró que la parcela más apta era la 32. Recabarrén utilizó las uvas de este paño para producir, inicialmente, el exitoso Terrunyo Carménère, calificado con 97 puntos por la revista Wine Advocate, y luego, en 2003, cosechó una pequeña partida para producir Carmín de Peumo. Desde su aparición, asombró a la crítica y hoy es la marca más premiada y respetada de Carménère en Chile.

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