Opinión |12 Sep 2008 - 8:56 pm

Juan Carlos Botero

La semana por la memoria

Por: Juan Carlos Botero

ESTA SEMANA ES UNA DE LAS MÁS IMportantes de la historia reciente de Colombia, y por una razón: es la Semana por la Memoria.

En un país tan propenso al olvido, con una capacidad insólita por barrer bajo la alfombra los episodios más traumáticos de nuestro tiempo, esta conmemoración, organizada por el grupo Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), merece toda la atención de los medios. Y, más aún: de toda la ciudadanía.

Se realizarán varios eventos. Se llevará al pueblo de Trujillo, en el Valle del Cauca, el informe de 300 páginas, Trujillo: una tragedia que no cesa, el cual documenta los hechos atroces que sucedieron entre 1988 y 1994, incluyendo torturas, violaciones y homicidios, más la matanza de 107 personas. Utilizando motosierras para decapitar y desmembrar a las víctimas mientras seguían vivas, echándoles sal en las heridas abiertas, asestándoles martillazos en los dedos y arrancándoles las uñas, los verdugos se ensañaron en la gente indefensa, y estrenaron una violencia que, muy pronto, se tornaría corriente en el país. Allí, como en tantas otras regiones, la macabra mezcla de guerrilla, paramilitares, políticos y narcotraficantes, más la complicidad de agentes del Estado, crearon una tenaza sangrienta que, como siempre pasa en Colombia, aniquila, como para borrarlos de la faz de la Tierra, a hombres, mujeres y niños inocentes.

Así, gracias al CNRR, habrá foros, muestras fotográficas, charlas con especialistas y documentales que evocarán las masacres más tenebrosas, junto con testimonios de los sobrevivientes para que exista, de una vez por todas, conciencia nacional acerca de nuestro pasado más siniestro. También se presentará el libro La guerra… ¿para qué?, que recoge las vivencias de 12 ex combatientes que actuaron en el conflicto y luego optaron por la reconciliación, y cuyas palabras son claves para entender la demencia, el salvajismo y la crueldad de estas atrocidades.

Pero hay más. Se recordarán masacres que no podemos olvidar, como la de El Salado, el 18 de febrero de 2000, que dejó más de 66 muertos, con torturas que ni siquiera Dante se hubiera podido imaginar. Durante años los paramilitares en Colombia, con la ayuda de miembros de la Fuerza Pública (en El Salado se utilizó hasta un helicóptero para ametrallar a la población), sembraron un horror inusitado. Se crearon “escuelas” para enseñar a descuartizar a las víctimas, de modo que llegaban a los pueblos y secuestraban a las personas, y en el campo las desmembraban, vivas, con la tarea de lograrlo en 15 minutos. Pero ya no con motosierra, porque ésta se les enredaba en las ropas de quienes aullaban del terror, sino con machete. Y luego se deshacían de los cuerpos, confirmando lo que hemos sabido siempre: que los grandes cementerios de Colombia son nuestros ríos.

Sin embargo, en medio de tanta sangre, hay dos elementos para resaltar. De un lado, a diferencia de lo que sucedía en Colombia hace sólo una década, hoy hay claridad acerca de la barbarie paramilitar. No se conoce la inmensa mayoría de sus crímenes, y la justicia ha sido ineficiente en condenar a los culpables, pero al menos ya se sabe, sin duda alguna, que los paras que se valían de la miopía, la indiferencia o la complicidad de las clases dirigentes, eran meros asesinos del narcotráfico y psicópatas armados hasta los dientes. En esa época no era raro oír a la gente justificar el paramilitarismo con la tesis de que había que atajar a la guerrilla. Pero en el año 2000, los paras ya estaban duplicando en masacres a la misma guerrilla. Y, de otro lado, que esfuerzos loables como los de la CNRR, ayudan a iluminar estos cráteres de nuestra historia, porque lo único que puede despejar las tinieblas de la condición humana es la luz de la conciencia, y lo único peor que exista el horror, es que se olvide.

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