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UNO DE LOS PEORES EFECTOS DEL subdesarrollo, sin duda, es que la urgencia de nuestros problemas nos lleva (¿nos obliga?) a postergar otros que consideramos menos perentorios. Lo malo es que esos asuntos aplazados se tornan siempre, a la larga, igual de graves y, a menudo, para entonces casi insolubles. Un ejemplo evidente de este fenómeno es la polución en Bogotá. Durante décadas dejamos este tema para después mientras atendíamos otros que juzgamos imperiosos. Y hoy es raro el día que no amanezca la ciudad cubierta bajo una espesa colcha de aire ceniciento, el que están respirando a diario nuestros hijos.
Quizás en donde más se manifiesta esta mala costumbre, la de relegar ciertos temas en aras de remediar otros más urgentes, es aquí mismo, en las páginas editoriales de los diarios. La mayoría de nuestros columnistas escriben sobre política, y es entendible que lo hagan. En un país como Colombia, el cual parece saltar de crisis en crisis, abrumado por tantas noticias que pasan del escándalo al estupor, es normal que uno se sienta espoleado a escribir sobre estos temas, ya sea para añadir su opinión o aportar una idea al debate del momento. Mi único reparo es la presencia excesiva del tema político en la agenda nacional, muchas veces a costa de descuidar otros asuntos de los que también trata la vida.
En ese sentido, siempre he sentido admiración por ciertos columnistas anglosajones que son capaces de tratar los temas más diversos, al igual que algunos de nuestros grandes autores como Vargas Llosa o García Márquez. Un día estos maestros escriben sobre la política nacional o internacional, pero otro día comentan el libro que acaban de leer, o la película que acaban de disfrutar, o el amigo que, por una razón u otra, les ha dejado una enseñanza de valor. Nunca olvidaré el brillante texto de Vargas Llosa sobre la película The Insider, ni la columna de García Márquez (magistral como todas las suyas) sobre su miedo a volar.
Un buen escritor debería ser capaz de hacer eso siempre: volver un deleite el tema más banal, y cristalino el más complejo.
Con la indulgencia de los lectores y lectoras, me gustaría ensayar algo parecido en este espacio. No tengo nada en contra de quienes escriben sobre la actualidad política, y de la misma manera que requiero un buen café para comenzar cada mañana, necesito las luces de un analista como Alfredo Molano o Alfredo Rangel para seguirles la pista a nuestros temas de orden público. Además, ¿cómo evitar hacerlo? Yo mismo escribiré sobre política de vez en cuando, pero quisiera ampliar el abanico de mis inquietudes, y a lo mejor una semana escribiré sobre el amor y las relaciones de pareja, y otra sobre literatura o las demás artes, o algún recuerdo personal que tal vez tenga interés para los demás.
No obstante, lo que más anhelo es el debate civilizado. Publicar una opinión es someterla al escrutinio de los otros, y eso significa darle bienvenida al debate y a la controversia. Pero desde hace años siento que la polémica en nuestra lengua con frecuencia deriva (y muy deprisa) en el insulto, el agravio y el golpe bajo. Espero no caer en ese fango intelectual, y si lo hiciera, ojalá reciba un saludable tirón de orejas de algún amable lector. Entonces me froto las manos del entusiasmo con este nuevo proyecto de El Espectador, y me pongo a la tarea, más feliz que nunca.
